Un poco sobre mi historia con el alcohol

Actualizado: jul 28



Llevo un poco más de seis meses sin tomarme un trago. Sin embargo, desde hace mucho más tiempo empecé a albergar la sospecha de que había algo problemático en mi manera de relacionarme con el alcohol.


No fue tan fácil pasar de la sospecha a la certeza: mi caso no encajaba en las definiciones tradicionales de una persona alcohólica. Ciertamente, yo no era la persona que se levantaba todos los días a tomar vodka en ayunas y, como me ceñía casi que exclusivamente a la cerveza, mi consumo parecía –al menos para los estándares culturales colombianos– bastante “normal”.


En su gran mayoría, mis relatos de borrachera son inocuos, chistosos o hasta quizá aburridos, teniendo en cuenta que el imaginario común del “verdadero bebedor problemático” es el de aquel que termina en las situaciones más sórdidas.


Desde luego, en mi historial de borracheras hay una colección de momentos dignos de vergüenza y hay personas a las que preferiría no tener que volver a mirar a los ojos. Pero nunca perdí un trabajo o una relación valiosa por cuenta de mi consumo, no terminé en la cárcel, no me metía en peleas y jamás puse en peligro mi vida o mi estabilidad material.


Estar en el área gris del consumo –esa zona incierta en la que uno no es de los que lo pierde todo por el trago, pero tampoco la persona que se toma una copita cada seis meses– es mucho más complicado de lo que en principio parece. En una sociedad que sostiene ideas tan rígidas sobre lo que es un “verdadero problema con el alcohol”, era difícil saber si lo que intuía sobre mi consumo era una exageración o si debía hacer algo al respecto.


Hace un poco menos de tres años cuando empecé, muy tímidamente, a comentarle a algunos de mis cercanos sobre mis sospechas de un posible problema con el alcohol, todas las flechas apuntaron a la idea de la moderación.


Algunos insistieron en que “el veneno estaba en la dosis”; otros sugirieron que todo era cuestión de “saber cuándo tomar” (lo que sea que eso signifique); algunos cuantos me aconsejaron intercalar la cerveza con agua para tomar menos.


Los consejos parecían realizables: podría abstenerme de lunes a jueves y luego escoger un día del fin de semana para beber –decidiendo de antemano un límite de tragos– y me permitiría el desenfreno sólo en eventos especiales. Pero en realidad esto nunca pasó. Al fin y al cabo vivo en una sociedad en la que el alcohol es omnipresente y cualquier ocasión podía ser lo suficientemente especial como para perder la cuenta de lo que tomaba.


La idea de parar de beber del todo estaba lejos de mi paisaje mental. Como mi vida estaba en orden y no la había cagado estrepitosamente, pensaba que no había necesidad de asustarme o de hacer algo radical. Cada vez que le contaba a mis amigos sobre mis guayabos aplastantes terminábamos por echarnos a reír: mis malestares sólo significaban que ya estaba entrando en años y, por lo tanto, eran la consecuencia inescapable de pasar un buen rato.


Para bien o para mal, soy ese tipo de persona que puede parecer muy despreocupada en público, pero que en privado a menudo termina con dolores de cabeza de tanto pensar. Hacia afuera podía reírme de mis borracheras y hacer como si no pasara nada, pero por dentro había algo que me gritaba lo contrario. Por eso empecé a insistir en el tema de mi consumo cuando iba a terapia, porque en el fondo sabía que hacía rato se me había desdibujado la línea que separa el “tomar para pasarla bien” del tomar para escapar.


En marzo de 2018, por recomendación de mi terapeuta, me embarqué en un reto de 90 días sin alcohol que cumplí a cabalidad y que, aunque no me condujo de inmediato a una vida sobria, por lo menos sí alteró fundamentalmente y para siempre mi forma de pensar en el alcohol.


Lo que vino desde ese momento hasta ahora es complejo y quizá muy largo de explicar. Además, el punto de este escrito no es hacer un relato cronológico de mi historia.


Para ser sincera, aún tengo mis reservas respecto a qué tanto compartir sobre mi caso. Hacerlo podría desvirtuar el propósito principal de Ni Tan Anónima que no es otra cosa que una invitación a que cada cual reflexione autónomamente sobre su relación con el trago (aún cuando no lo considere como un “problema”) y así elija qué lugar darle.


En este sentido, me parece que no sirve de mucho convertirme en medida de comparación de nadie. De las comparaciones es difícil que salga algo útil: si creemos que estamos peor que el otro terminamos pensando que hay algo particularmente roto en nosotros y nos sentimos como una mierda. Por otro lado, si creemos que estamos mejor, dejamos de darle la cara a lo que nos jode.


Así que la idea de este primer escrito no es más que presentarme. Me parece importante poner en contexto el lugar desde el que voy a hablar y escribir sobre el alcohol. Con esto mi intención es señalar que la zona gris del consumo existe, es un lugar muy real y el sufrimiento que acarrea así no se haya “tocado fondo” puede ser tremendo.


Habrán notado que a lo largo de este texto he hecho uso de las comillas sistemáticamente. Esto tiene un sentido y está en el corazón de este proyecto. Mis seis meses de sobriedad son el resultado de un proceso de dos años de exploración no sólo emocional, sino también intelectual, que me ha llevado a repensar casi todo lo que creía sobre el alcohol, la adicción y la dicotomía del alcohólico vs. el consumidor normal.


Un efecto secundario de mi proceso ha sido el deseo irrefrenable de empezar a compartir con otros lo que he aprendido. Por pura estadística sé que somos bastantes los que habitamos la zona gris del consumo y que por eso las narrativas de Alcohólicos Anónimos – organización que permanece como referente principal en todo lo relacionado con el alcohol– no resuenan en absoluto con muchos de nosotros.


Mi propósito es entonces compartir recursos que contribuyan a abrir un espacio para nuevas formas de pensarnos en relación al trago; formas que aunque no exigen que nos identifiquemos con un rótulo, sí nos piden que cuestionemos las maneras en que hemos sido socializados para beber y pensar en el alcohol.


Si tienes alguna pregunta o te interesa hablar sobre esto, no dudes en contactarme: catalina@nitananonima.com

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