Juliana Forero

"La adicción no es sólo la adicción a una sustancia sino a esos patrones de comportamiento disfuncionales que terminan por causarnos sufrimiento."






Esta entrevista es todo lo que he soñado para mi proyecto. He expresado algunas de mis opiniones respecto a Alcohólicos Anónimos y también he explicado por qué, en mi caso particular, le veo muy poco sentido a llamarme “alcohólica”. Pero creo en el derecho de cada quien a escoger su propio vocabulario.

Para Juliana Forero entenderse como alcohólica y aprender a amar esa palabra fue lo que salvó y sigue salvando su vida. Alcohólicos Anónimos le ofreció un camino, un refugio, la posibilidad de ver su historia reflejada en personas que jamás hubiera imaginado.

Creo que la libertad no es tanto una cosa que existe sino algo que uno se inventa. No puedo más que sentir respeto y admiración por quienes se lanzan a hacerlo. El proceso de Juliana en A.A es mágico justamente porque la condujo a inventarse nuevas formas de ser libre.


Espero que disfruten tanto esta entrevista como yo.

Juliana: Admiro y honro tu proceso. Fue un encanto hablar contigo y reafirmar que es más lo que nos une que lo que nos separa. Gracias por hacerme sentir que estamos juntas en esto 💕



¿Quién es Juliana Forero?


Soy una mujer de 28 años, bogotana. Estudié moda y vivo hace 5 años en Nueva York. Estudio marketing y trabajo con una diseñadora.


Cuéntame un poco sobre tu historia con el alcohol


Crecí en una familia muy fiestera donde el trago estaba muy presente. También crecí viendo mucha televisión; todas las películas que veía, todo lo que consumía a través de los medios estaba atravesado por la figura del alcohol como un elemento omnipresente. Supongo que por eso siempre pensé que al crecer iba a empezar a tomar; simplemente porque veía que eso era lo que hacía todo el mundo. Así que probé el trago por primera vez a los 14 años. Como muchos adolescentes, empecé a experimentar en fiestas, con mis amigos. Me daba cuenta de que el alcohol me relajaba mucho, me quitaba el miedo y la pena de hablar con la gente, la incomodidad de conocer a alguien por primera vez. Con el tiempo mis experiencias con el alcohol fueron cambiando y mi consumo empezó a volverse más problemático. Empecé a hacer el ridículo cada vez que tomaba y, sobre todo, empecé a notar cambios en mi personalidad. Era una persona cuando estaba sobria y otra cuando estaba tomada. Cuando estaba sobria era demasiado tímida así que empecé a buscar tomar cada vez más para poder relajarme al socializar.


¿Qué te llevó a replantearte tu relación el trago?


Yo empecé a darme cuenta de que vivía en función de planear lo que iba a tomar. Nunca fui una persona que tomara a diario o entre semana. Pero sí empecé a llevar una especie de doble vida: de lunes a viernes era la estudiante número uno, la más aplicada, me iba súper bien en el colegio. Pero llegaba el fin de semana y tomaba en exceso. Tomaba mucho, era extremo. De hecho, para mí no había un punto medio, nunca estaba “prendida” sino que pasaba de la sobriedad a la borrachera de una. Mucha gente me tildaba de “media copa” precisamente por eso. Estaba dando los primeros pasos hacia lo que en el futuro se sintió como un “hoyo negro” por la forma en que bebía. Por supuesto, en ese momento yo no me daba cuenta de eso. Lo puedo ver ahora porque ha pasado el tiempo y he tenido la oportunidad de revisar mi pasado y ver que en aquel momento ya me estaba encaminando a lo que sería más adelante una relación tóxica con el alcohol.


Poco a poco empecé a darme cuenta de ese ciclo: cumplía con el deber ser de lunes a viernes y luego era un desastre los fines de semana. Siento que mi personalidad jugó mucho ahí: siempre he sido una persona perfeccionista, yo quería que todo saliera tal y como estaba planeado en mi mente. Estaba obsesionada con controlar todos los aspectos de mi vida. Entonces, claro, llegaba el fin de semana y beber alcohol era un premio, el soltar ese control extremo al que me sometía entre la semana, era un disfrute y un placer, no preocuparse por nada más que pasarla bien. La escena se repetía todos los fines de semana: tomaba, la cagaba y después me sentía muy avergonzada y arrepentida. Cuando me enfrentaba a esa vergüenza al día siguiente de beber me decía “ok, tengo que cambiar, algo está mal”. Me prometía no volver a excederme o hacer el ridículo. Cada vez que tomaba había una consecuencia negativa que iba escalando en su nivel de gravedad; me

peleaba con alguien, me quedaba dormida, amanecía con golpes etc. Entonces la culpa por esas cosas me llevaba a parar de beber, a irme al otro extremo, Tenía períodos de abstinencia total, allí comía saludable, hacía ejercicio, era mi borrón y cuenta nueva. Intenté muchas veces la fuerza de voluntad como herramienta para dejar de beber. Sin embargo, siempre me encontraba con trago en mano después de unos meses, y es que pensaba que porque podía estar sobria unas cuantas veces era por que ya “había aprendido a tomar”.


Así seguí por muchos años: bebía y me pasaban cosas feas, entonces decidía cambiar y podía cambiar por un tiempo, pero siempre regresaba al mismo comportamiento. Todo esto sucedía sin que yo pensara que fuera alcohólica o que tenía que buscar ayuda. Durante este periodo algunas personas cercanas cuestionaron mi manera de beber y me dijeron que necesitaba ayuda. Pero en mi cabeza yo pensaba que no tenía ningún problema, no lo aceptaba. Yo creía que podía sola y así me cerraba a las sugerencias de otras personas.


Luego me mudé a Estados Unidos y dije “ahora sí voy a empezar de cero, mi vida va a cambiar”. Pero empecé a darme cuenta de que aunque había cambiado de lugar geográfico seguía replicando los patrones de siempre. Mi relación con el trago era exactamente la misma que tenía en Colombia sólo que ahora estaba en Nueva York. Pero yo siempre tenía una excusa para seguir bebiendo. Pensaba que podía moderarme entonces decía “voy a tomar sólo cerveza” o “sólo voy a probar un poquito de este vino” o “sólo me voy a tomar tres tragos esta noche”. Pero nunca lo lograba. A medida que pasaba el tiempo la situación la situación empezó a escalar.


Las consecuencias de mi manera de beber eran cada vez más serias. Mi mente y mi cuerpo se estaba deteriorando. Me estaba enfermando mucho. Yo ya sabía que cada vez que tomaba tenía que planear para estar enferma toda una semana. También se me estaban olvidando las cosas y borraba película cuando bebía. Pero mis borradas de película eran extremas. No era que se me olvidara una partecita de la noche, era que tenía lapsos de diez horas en los que no tenía ni la menor idea de qué me había pasado. Todo esto que te cuento en ese entonces no lo veía como algo serio, es ahora que comparto mi historia que me doy cuenta que desde hace mucho tiempo mi cuerpo me estaba rogando a gritos para que parara de hacerle daño.


Me daba mucha impresión cuando al día siguiente de una borrachera la gente me contaba las cosas que había dicho o hecho. Sentía una vergüenza horrible y sólo pensaba “yo no soy esa persona, yo no quiero ser esa persona”. Estos episodios me daban muy duro, me hacían sentir que me estaba fallando a mi misma, que no podía cumplirme las promesas que me hacía, que no tenía remedio, que era una causa perdida.


Como mencioné antes, el alcohol también empezó a hacer estragos en mi salud mental, había un precio que pagaba por la euforia y la sensación de estar en la cima del mundo de la noche anterior; el precio era la extrema tristeza que sentía los días siguientes, una tristeza de la cual cada vez era más difícil salir. En aquel entonces mi manera de pensar y ver el mundo era a través del lente de los extremos. Euforia y tristeza, perfecta o desastrosa.


Todo esto empezó a dejarme sin excusas, cada vez era más difícil decirme las mentiras de siempre. Mi pareja era quien veía con más claridad los efectos que tenía el alcohol sobre

mí. Algunos amigos me dijeron muchas veces: “¡Qué va, tú no tienes un problema. Tú tomas súper normal!”. Pero mi pareja que compartía conmigo todos los días sí me dijo claramente “Juliana, tú tienes un problema”.


Hasta que un día toqué fondo.


Siento que tocar fondo es súper importante porque eso es lo que termina por convencerte de que no puedes beber más.

Por supuesto, hay formas muy diferentes de tocar fondo. Hay quienes tocan fondo al perderlo todo, para otros tocar fondo es simplemente darse cuenta de una manera menos dramática de que el alcohol no les hace bien. Tenemos una idea tan rígida de lo que significa “tocar fondo” que para muchos de nosotros, y como era mi caso, la excusa siempre es “ay, pero si yo estudio, yo tengo mi casa, mi trabajo. Yo no tengo ningún problema”. En realidad los problemas con el alcohol adoptan formas muy diferentes según cada persona. Cuando empecé a ir a las reuniones de Alcohólicos Anónimos y veía a gente de diferentes nacionalidades y ocupaciones, yo pensaba que no teníamos nada en común. Pero ya estaba en un punto en el que para mí esto ya era una cuestión de vida o muerte, así que decidí seguir yendo a esas reuniones, sentarme y escuchar a los demás. Así empecé a darme cuenta de que tenía muchísimo en común con esas personas que en apariencia eran tan diferentes a mí. Aunque nuestras historias fueran distintas, en el fondo todos estábamos sufriendo, todos sentíamos esa vergüenza de no poder controlarnos.


Al principio me sentía muy triste, sólo pensaba “¿cómo es posible que yo no pueda controlar esto?”. Estaba llegando a un punto en el que me sentía atrapada, en el que ya sólo pensaba que yo era así y ya, que no iba a tener remedio. Pero la magia vino con la consistencia de ir a las reuniones de Alcohólicos Anónimos. La magia fue verme reflejada en otras personas. Yo había intentado hacerlo sola muchas veces y nunca pude. Las personas que iban a las reuniones me hicieron sentir acompañada, sentí por primera vez que alguien podía entender exactamente lo que yo sentía.


En general, en mi vida no he sido una persona que haya albergado pensamientos suicidas. Pero el día que toqué fondo sí pensé: “Juliana, tú te quieres morir” porque en mi mente tomar de esa manera era una forma de jugar con mi vida. Desde ese día, seguir bebiendo para mí se volvió un sinónimo de muerte física y mental. Yo ya no quería vivir así entonces empecé a ir a las reuniones de A.A. un poco a regañadientes. Al principio no entendía nada, pero poco a poco empecé a sentirme mejor. Fui conociendo muchas personas que llevan una vida en sobriedad, gente talentosa, interesante, con una vida como la que yo aspiro tener. Estar cerca de ellos me hace sentir que yo también puedo tener lo que ellos tienen, ellos llevan una manera de ver y vivir la vida más serena. Ya no tengo el trago para lidiar con mis emociones y el día a día pero sí tengo a mis compañerxs de A.A. Cada vez que salgo de las reuniones me siento bien, llevo conmigo el poder y la seguridad de que puedo hacerme cargo de mi vida.


Alcohólicos Anónimos fue lo que me ayudó cuando nada más lo hizo.


¿Qué relación tienes con el alcohol en este momento?



Yo decidí hace más de dos años y medio abstenerme por completo de beber alcohol. Cuando empecé mi sobriedad tomaba cerveza sin alcohol. Pero luego me di cuenta yo sola de que tomar algo que sabe a alcohol así no lo tenga produce algo extraño en mi cabeza. Para mí empezó a perder sentido tomar cosas que saben a alcohol, ¿para qué?. La cerveza sin alcohol despierta en mí ciertos patrones mentales tóxicos; no quiero darme ninguna razón para comportarme así. Es que a la hora de la verdad no se trata simplemente del alcohol, se trata de marcos mentales y patrones de comportamiento. Yo me abstengo de cualquier sustancia o comportamiento que me haga escapar; no beber es el inicio apenas. Día a día tengo que trabajar en aquellos patrones tóxicos que están presentes en mí como mecanismos para lidiar con la vida.


Hoy en día en mis círculos sociales soy casi siempre la única que no bebe. El alcohol está tan presente en nuestra sociedad que honestamente es muy raro encontrarse con otra persona que no beba, pero puedo decir que en contadas ocasiones ese sí ha sido el caso.


Al principio se sentía muy raro ir por el mundo siendo la única que no bebe, ahora a medida que pasa el tiempo y mi cerebro se adapta a no tener sustancias que lo alteran la incomodidad se va haciendo menos frecuente. Obviamente no voy por ahí contándole a todo el mundo mi historia de por qué no acepto un trago. Pienso que cada cual debe hacer lo que más sentido tenga para su vida. Además que yo tenga una relación tóxica con el alcohol no quiere decir que todo el mundo tenga una. Pero sí me doy cuenta de que muchas veces la gente se siente demasiado incómoda cuando una no bebe. Tuve muchos amigos que en principio se sintieron incómodos por mi decisión de no beber más. Pero con el tiempo sólo pensé “ok, si te parece tan problemático que yo no beba entonces es que nuestra amistad sólo estaba basada en el alcohol y por ende no era una amistad real”.


Pero justamente por eso Alcohólicos Anónimos es un tesoro para mí, porque me recuerda que allí afuera hay otras personas que están comprometidas con lo mismo que yo. Uno de los milagros de A.A es que al salir de las reuniones las voces de todas esas personas quedan en tu cabeza, hacen parte de ti. Entonces si en algún momento estoy sola en medio de una situación en la que todos están bebiendo y a mí se me pasa por la cabeza un “uy, esa cerveza se ve deliciosa” automáticamente pienso en algo que alguien dijo en alguna reunión. He aprendido también que no tengo que creer en todo lo que dice mi mente.


A mí me gusta mucho tu proyecto de Ni Tan Anónima por eso, porque no es que tengas que ir específicamente a Alcohólicos Anónimos, pero al menos sí empezar a crear comunidades que se convierten en refugios que te hacen saber que hay más gente como tú en el mundo. La compañía lo es todo en este proceso.



¿Para ti qué fue lo más difícil de dejar de tomar?


Sin duda, dejar ir la identidad que había construido alrededor del alcohol. Yo siempre he buscado sentirme como una chica liberada, rebelde, cool. En mi caso esas cosas estaban totalmente asociadas al trago. Para mí, ser cool, ser libre, era beber alcohol. Dejar ir esa idea fue muy difícil porque me preguntaba “¿cómo así, si no tomo entonces ahora qué voy a hacer? ¿cuál es el plan? ¿qué se puede hacer sin beber?”. Había construido muchas

cosas en mi vida con el alcohol de por medio, conocí amigos y parejas mientras bebía. No fue fácil aprender a hacer todo esto sin tomar, me sentía muy incómoda al principio. Fue muy fuerte volver a sentir todas esas emociones que había anestesiado con el trago.


Cuando paras de beber todas esas emociones que habías suprimido regresan con toda la fuerza y tienes que lidiar con ellas sin intermediarios. Tuve que hacer una especie de duelo, aceptar que no podía beber más, que el alcohol no era para mí.


Pero fíjate que con la aceptación empezaron los descubrimientos. Comenzaron a revelarse partes de mí que estaban ocultas, comencé a darme cuenta de cosas que me gustaban y de las que no era consciente antes. Fue bello volver a sentir.

¿Qué es todo eso que has aprendido de ti misma desde que dejaste de beber? ¿Qué beneficios has experimentado?


Los beneficios han sido físicos y emocionales. Físicamente, mi salud mejoró 100%. Cuando bebía me enfermaba todo el tiempo. Todo el tiempo tenía gripa o amigdalitis. Paré de beber y paré de enfermarme. Cuando yo bebía también fumaba cigarrillos, eran sustancias que para mí iban de la mano. Pero al parar de beber, paré de fumar también y mi salud ahora es otra cosa.


Mental y emocionalmente el mayor regalo ha sido estar despierta. Creo que esto de “estar despierta” es un poco difícil de explicar porque es algo puramente experiencial. Quizá esto sea difícil de entender para otras personas que no se hayan dado la oportunidad de pasar un periodo de tiempo prolongado sin beber. Pero tomar trago es como andar por la vida con unas gafas oscuras; es un filtro que no te deja ver bien las cosas. Cuando dejas de beber se cae ese filtro.


Yo empecé a tener mucha más conciencia de todo lo que me estaba pasando en el cuerpo y en la mente. Cuando bebía estaba tan desconectada que no me daba cuenta de mis necesidades, pasaba días sin comer o sin dormir bien y ni siquiera lo notaba. La sobriedad me regresó la conexión no sólo conmigo misma sino con las demás personas. A mi juicio, la adicción en realidad es una desconexión total con todo y creo que eso es lo que hace que muchxs de nosotrxs nos sintamos tan solos a veces. No soy doctora ni psiquiatra, pero definitivamente sé por experiencia propia que el alcohol causa desconexión. Por supuesto mientras estás borracho crees estar conectadísimo con todo el mundo. Todo el mundo tiene muchos amigos cuando está borracho (risas). Pero cuando te tomas el trabajo de conectar con la gente sin alcohol de por medio, es magia. No puedo explicarlo de otra manera.



Háblame un poco de tus prácticas de autocuidado.


Antes que nada quiero decir que la sobriedad no es perfecta. No es que mi vida sea color de rosa ahora y creo que es súper importante reconocer eso. Ahora, creo que lo más importante que he aprendido en todo este proceso es pedir ayuda cuando no me siento bien. Para mí esto no ha sido automático, ha sido todo un trabajo. Yo tengo la tendencia a aislarme, así que para mí ha sido una lucha con esa resistencia a hacer las cosas que sé que son buenas para mí.


Y es que de nuevo: la adicción no es sólo la adicción a una sustancia sino a esos patrones de comportamiento disfuncionales que terminan por causarnos sufrimiento.

Para mí ha sido aprender a reconocer esos patrones más allá del alcohol y estar atenta a las señales. Por ejemplo, cuando no quiero hablar con alguien por mucho tiempo esa es una bandera roja. Hay cierto tipo de soledad que es sana, pero a veces la línea es muy fina y esa soledad empieza a convertirse en autoaislamiento para escapar. Yo protejo mi sobriedad por encima de cualquier cosa porque considero que si mi sobriedad está bien, puedo lidiar con lo demás . Entonces una de mis maneras de cuidarme es llamar a alguien cuando siento que me estoy aislando y simplemente hablar de lo que siento.


Para mí, hacer ejercicio también es clave. No lo hago perfectamente ni soy súper consistente, pero intento. “Intentar” es la palabra clave. Yo me doy cuenta de que cuando muevo mi cuerpo, mi cabeza está mejor. Como ahora estoy más conectada y consciente de mi cuerpo es mucho más fácil saber qué necesita mi cuerpo; que comida le hace bien y que no. Para mí ha sido una cuestión de empezar a hacer lo que cualquier adulto responsable haría para cuidar a otra persona.


A mí me gusta imaginarme como una niña pequeña. Me gusta pensar que dentro de mí habita una persona que necesita cuidado. Entonces me sirve preguntarme cuál es la mejor forma de cuidar de esa niña que está dentro de mí. Eso me ha generado un sentido de autocompasión muy grande.

¿Qué haces para divertirte?


Quizá suena un poco cliché, pero cuando estás sobria no te queda otra opción que volverte muy creativa, hay que empezar a buscar. Yo antes no tenía hobbies; mi hobby era beber (risas). Empecé a ir a muchas obras de teatro, a escalar, a hacer clases de baile. Me encanta salir a tomar café con amigos. Ahora me doy cuenta de que cuando bebía realmente lo hacía en busca de esa conexión y cuando cultivas esa conexión dejas de necesitar el trago. Ahora que he aprendido a hacer muchas cosas sobria me parece súper loco pensar que antes necesitaba el trago para tantas cosas.


Aunque todavía voy a fiestas y bares sí acepto que ese tipo de escenarios han perdido el encanto para mí. Antes me parecía un súper plan ir a un bar y sentarme en la barra a tomar cócteles.


Siento que respecto al trago, la influencia de los medios de comunicación es tremenda. Es impresionante cómo, por ejemplo, en las series y películas construyen esa figura del alcohol como algo tan interesante, tan cool. Por más liberada que una crea ser al final termina por absorber esos mensajes sin darse cuenta. Ahora soy mucho más crítica con eso y para mí ahora es muy absurdo ver esa romantización del trago. Es como ver esas películas de los 50 donde todo el mundo fumaba en todas partes y eso hoy ya nos parece una locura.


Ahora que estás del otro lado, ¿qué le dirías a alguien que hasta ahora está empezando a cuestionar su relación el alcohol?


Primero, me parece muy valioso el cuestionamiento en sí mismo porque son justamente esas preguntas las que hacen que el cambio sea posible. Si no cuestionas algo, no puedes cambiarlo. Pero mi gran consejo –y esto fue algo que aprendí gracias a A.A–. es que mantengas una mente abierta. Antes de ir a Alcohólicos Anónimos yo pensaba que era una persona de mente abierta, con ideas de avanzada. Siempre he apoyado a la comunidad LGBTIQ, apoyo a los inmigrantes y deseo un mundo libre. Sin embargo, no me había

percatado de la trampa en la que había caído al pensar que el trago era parte de esa libertad. Nos han vendido tan fuertemente esa idea de que alcohol = liberación que genuinamente pensamos que somos personas liberada por tomar alcohol sin restricciones. Pero cuando abres tu mente y piensas mejor las cosas te das cuenta de que en realidad el alcohol es una cárcel y la libertad real consiste en poder estar hoy, aquí y ahora sintiendo las cosas tal y como vienen.


También creo que es muy importante hablar. Si no te llama la atención A.A. ve a otro lado, busca un terapeuta, busca amigos o gente que sepas que ha pasado por lo mismo. Habla, pero también date a la tarea de escuchar mucho. A veces somos muy rígidos en nuestras creencias y formas de pensar, nos casamos con ciertas ideas de cómo son o deberían ser las cosas. El cambio requiere flexibilidad. Es necesario replantearte lo que has dado por sentado, adoptar nuevas formas de pensar.


Mantén la mente abierta.


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