Claudia Arbeláez

Actualizado: abr 17

"Mi decisión de dejar de beber ha sido, ante todo, un acto de amor propio."



¿Quién es Claudia Arbeláez?


Soy una antropóloga, bogotana-caleña-bumanguesa, profundamente curiosa, aprendiz de los feminismos y afín a sus corrientes anti-racistas e interseccionales. Aunque me parece raro definirme como “antropóloga”, esa formación fue fundamental porque me abrió los ojos al mundo y a lo que me interesa, que es conocer la diversidad de la condición humana y las diferentes culturas que existen. También soy una persona que en los últimos cinco años pasó por un proceso personal muy profundo, que desembocó en un interés cada vez mayor por explorar diferentes formas de sanar desde lo individual, lo familiar y lo colectivo.


Cuéntame un poco de tu historia con el alcohol.


Estos días me he preguntado mucho sobre eso: ¿cuándo empecé a tomar y por qué empecé a tomar tanto? Nunca llegué a desarrollar una dependencia física, pero sí fue un consumo habitual al que recurría para escapar de situaciones que sentía que no podía manejar.


Entre los 14 y los 23 años tuve episodios de depresión muy fuertes. En general, me sentía mal conmigo misma e inadecuada socialmente, y el alcohol se volvió una especie de muleta social que me hizo creer por muchos años que tomando todo estaba bien, que encajaba y que le podía caer bien a la gente.


Cuando me vine de Bucaramanga a estudiar a Bogotá se me abrieron todas las libertades del mundo. Empecé a enfiestarme mucho y a tomar cada vez más; al principio muy en plan experimental y adolescente, pero luego claramente conectado a unos rollos emocionales que en ese momento no podía (ni quería) ver. Los primeros dos años de la universidad fueron bien intensos en cuestión de estímulos de todo tipo y hasta cierto punto lo manejé bien. Luego de eso y tras una ruptura amorosa, se me hizo más difícil frenar. No sabía poner límites y me rodeé de gente igual.


Pero aquí pasaba algo curioso: nunca sentí que necesitaba cuestionar o parar la forma en que tomaba, porque siempre fui muy “funcional”. Era una buena estudiante, nunca perdí un semestre, nunca quedé embarazada… en fin. Yo cumplía con todo lo que se supone que uno debe hacer, y además lo hacía bien, pero por dentro estaba vuelta mierda y ahí acompañándome, siempre estaba el alcohol.

Ahora entiendo que mi consumo sí era problemático, no sólo por el exceso y la frecuencia, sino porque estaba muy ligado a la depresión y a muchos otros problemas que tenía conmigo misma. Y en vez de ayudarme, terminaba haciéndome más daño: yo me emborrachaba, tomaba muy malas decisiones, me metía en relaciones tóxicas, me sentía peor, se afectaba mi autoestima, volvía a tomar en exceso, y todo esto en loop, por años.

Era un círculo vicioso.


Luego empecé a bajarle al trago pero por temas de salud; me empezó a caer muy mal físicamente. Pero aparte de eso, como tengo un trastorno de ansiedad, los guayabos me daban con ataques de pánico. Empecé entonces a plantearme dejar de consumir alcohol, y aunque podía pasar semanas sin un solo trago, no lo conseguía dejar de manera permanente; no tanto porque físicamente no pudiera, sino porque realmente no quería. Como empecé a tomar tan joven, literalmente no sabía quién era yo sin alcohol; no me conocía de otra forma. Si no estaba prendida, no sabía cómo relacionarme con el mundo exterior. Además me gustaba... me gustaba la fiesta, los excesos, el drama, desconectarme, perderme, el buzz de estar prendida y hasta borrar cassette, todo eso.


¿Qué te llevó a pensar distinto sobre tu relación con el alcohol?


Yo era muy radical en la idea de que nunca iba a dejar de tomar. De hecho, decía que la gente que no tomaba era rara, mojigata, que si no tomaban era porque seguramente tenían un problema. Tenía muchos prejuicios, pero era porque yo misma estaba a la defensiva. Cada vez que alguien señalaba algo sobre mi consumo me molestaba, sentía que me estaban invadiendo, no quería que me tocaran el tema.


Sí, yo era consciente de mi depresión, sabía que tenía episodios emocionales complejos, pero me negaba a relacionar eso con la forma en que tomaba. En mi cabeza era inconcebible y estúpido que alguien sugiriera que dejara de tomar, porque no sentía que iba a solucionar nada con eso, que ahí no estaba el problema.


Entonces, como ya lo dije, cuando empecé a pensar seriamente en bajarle al trago, fue para solucionar algunos problemas de salud físicos (de azúcar, estomacales, de hígado, insomnio, fatiga), pero nunca pensando en mi salud mental, ni en mi bienestar general, lo cual es muy absurdo, teniendo en cuenta que tuve varias crisis emocionales a lo largo de los años.

Las más fuertes fueron en el 2006, 2010 y en el 2015; esta última, vino acompañada de un cuadro de ansiedad y ataques de pánico tan severos, que casi ni lograba salir de mi casa. Fue ahí cuando por primera vez empecé a conectar cómo el alcohol me disparaba la ansiedad y empeoraba mi estado de ánimo, y empecé a plantearme muy seriamente el querer dejar de tomar por completo. Le bajé muchísimo con los años, pero siempre pensaba que era imposible desenvolverse socialmente en este mundo sin alcohol, y por eso nunca logré dejarlo del todo.


Finalmente, en el 2018, tras uno de esos momentos en los que todos los planes se derrumban y te quedas sin piso, volví a pasar por una crisis de ansiedad muy fuerte que me llevó a buscar ayuda profesional. Desde hacía 10 años sufría de ansiedad, pero había intentado manejarlo sola, con yoga y meditación. Nunca había querido buscar un diagnóstico, ni medicarme para eso. Pero ahí me sentía tan mal, que decidí ir al psiquiatra, y me diagnosticaron un trastorno de pánico, que según me explicaron, está en el espectro de los trastornos de ansiedad. Me medicaron y me explicaron también, que en algunas personas, el consumo de cigarrillo, café y alcohol resulta particularmente problemático en cuadros como el mío. El alcohol afecta directamente el sistema nervioso central y es por eso que tanta gente que lo consume habitualmente, termina con temas de ansiedad exacerbada.


El sufrimiento era tan grande, que decidí hacer lo que fuera necesario para mitigar los síntomas. Mi psiquiatra me dijo que con el medicamento que iba a empezar a tomar, no era recomendable beber alcohol. Cuando uno ha sufrido de depresión y ansiedad por años, sabe lo agotador que es, y yo estaba tan comprometida con el tratamiento, y tan determinada a no volver a sentirme así, que dejé de tomar definitivamente el mismo día en que empecé el medicamento.


De eso ya van dos años.


Ahora, no creo que ese, el 2018, haya sido el peor momento de mi vida, ni la peor crisis que he tenido, ni cuando “toqué fondo”, y eso creo que es algo muy importante que vale la pena resaltar: primero, no necesariamente tienes que estar en la inmunda para sentir que necesitas un cambio o re-plantear tu relación con el trago; segundo, uno no necesariamente deja de tomar de un día para otro. En mi caso, fue un proceso de años, desde que empecé a entender las implicaciones que tenía en mi salud física y mi salud mental, hasta que lo dejé del todo.


¿Qué relación tienes tú con el trago en este momento?


No tomo hace dos años. A veces me he planteado si en algún momento podría consumir alcohol esporádicamente, pero la verdad es que desde que lo dejé he estado tan bien que no quisiera retroceder. Para mí, mi salud mental y el momento de vida en el que estoy es tan valioso que no lo pondría en riesgo por nada del mundo. Nunca en mi vida había estado tan tranquila, tan feliz, tan en paz conmigo misma y tan bien en mis relaciones con los demás.


No me molesta que la gente tome. Mi novio toma, voy a fiestas donde la gente toma. No satanizo el consumo de alcohol, de hecho creo que no todo el que toma tiene un problema, pero sí me he vuelto más consciente y crítica de la forma en que como sociedad entendemos la figura del alcohol en nuestras vidas. Hoy sé que el trago es una droga que habría que regular mejor, porque nunca se nos advierte sobre los daños que causa. Realmente se habla muy poco sobre la relación que hay entre el consumo excesivo de alcohol y afectaciones a la salud mental.


Aunque mi relación con el alcohol ahora es nula, a veces sí me pregunto si esto será un estado permanente o si en algún momento volveré a tomar. Pero tengo claro que esta duda se me atraviesa porque de alguna manera y a pesar de todo, todavía tengo ese chip de que es difícil interactuar sin una botella en la mano.


Por ahora busco cervezas sin alcohol, porque me gusta el sabor y lo extraño mucho, pero ya llevo dos años sin tomarme un trago y estoy muy bien así.


¿Qué fue lo más difícil de replantear tu relación con el alcohol?


Pues, primero que todo, aceptar que tenía un problema con el trago. Yo tenía metido en la cabeza que el único problema con el alcohol, era ser alcohólico, y como yo no lo era, no pasaba nada. Pensaba: o uno es alcohólico o no lo es. Pero luego empecé a darme cuenta de que yo estaba en algún lugar en el medio de estos dos extremos. Fue duro ser sincera conmigo misma y admitir que el alcohol se me había convertido en una muleta para poder enfrentar mis problemas y que era una manera de evasión muy brutal. Tuve que tragarme mis propias palabras, cuando criticaba a la gente que no tomaba y cuando decía que era una estupidez que mis amigos sugirieran que moderara mi consumo o dejara de tomar.


Pero luego empecé a darme cuenta de que definitivamente había una relación entre mi consumo de alcohol, las malas decisiones que tomaba, y mis prácticas autodestructivas. Fue difícil darme cuenta del daño que yo misma me había hecho por tanto tiempo.


En lugar de darle la cara a mis problemas, los tapaba con trago y así me hundía más y me hacía más daño. Lo loco es que durante mucho tiempo no me dí cuenta de eso. Cuando abrí los ojos fue doloroso.


Segundo, la interacción social. Yo nunca he sido una persona muy extrovertida. Tiendo a sentirme incómoda y rara en espacios sociales. Entonces al principio me daba mucho miedo interactuar con los demás a palo seco. Incluso, por unos 2 meses apenas dejé de tomar, se me alborotó la ansiedad, porque sentía que no podía relacionarme con la gente en fiestas o contextos sociales, si estaba sobria.


Como empecé a tomar trago desde los 14 años –que es cuando uno empieza a definir su personalidad– fue duro enfrentar el hecho de que literalmente no me conocía. Lo que conocía de mí, estaba totalmente atravesado por el trago.


Tercero, lidiar con los comentarios, las preguntas y las ideas que se arma la gente cuando uno no toma, es difícil. Yo ahora le cuento a la gente que no bebo y de una se arman la idea de que soy una aburrida o que seguro era una alcohólica terminal y que por eso me tocó dejar de tomar. Pero con el tiempo también me he dado cuenta de que todo depende mucho de la gente de la que elija rodearme. Las personas que tengo cerca ahora están muy alineadas con mi estilo de vida y entonces sus nociones sobre el aburrimiento vs. la diversión son otras.


¿Qué beneficios has experimentado al haber dejado el alcohol?


Mi salud mental, la tranquilidad que experimento en mi propia compañía y en mi relación con las otras personas. Siento que el alcohol potenciaba en mí el ímpetu autodestructivo y por eso me era difícil crear vínculos profundos y duraderos con la gente. Ahora es distinto.


También mi salud física está mucho mejor. Es una alegría despertar después de una fiesta y no tener resaca; eso no lo cambio por nada.


Siento además que la sobriedad me ha generado una sensación de fortaleza interna tremenda. Me siento orgullosa de mí misma y eso es algo que nunca pensé que podría alcanzar. Creo que mis amigos de toda la vida jamás se imaginaron que yo podría ser la que soy ahora porque yo siempre era la borracha, la del show, a la que tenían que ir a recoger. La verdad es que nadie, ni yo misma, daba un peso por mi decisión de dejar el trago. Ver que he llegado hasta aquí es una cosa muy increíble. Siento que si pude hacer esto, puedo hacer cualquier cosa.


También he recuperado el control. Esto no quiere decir que busque controlar el mundo de afuera a mi antojo. Me refiero más a mi auto-control, mi agencia, a las decisiones que tomo conscientemente todo el tiempo. Es todo lo contrario a antes cuando sentía que mi vida se me iba de las manos.


Mi decisión de dejar de beber ha sido, ante todo, un acto de amor propio. Ahora siento que me tengo a mí misma, que decido conscientemente qué quiero y qué no quiero en mi vida, que puedo poner límites y que soy fuerte, muy fuerte.

Háblame de tus rituales de autocuidado y relajación. Cuéntame qué haces para divertirte ahora que no hay alcohol de por medio.


Como ya no lidio con guayabos y los días perdidos que traen consigo, ahora tengo más energía para hacer ejercicio todos los días. También tengo rutinas de auto-cuidado que me hacen muy feliz. Es muy bello todo porque siento que en estos dos años de sobriedad empecé a conocerme, cuidarme y quererme.


Me he dado cuenta de que amo bailar lo que sea, como sea y donde sea. Antes pensaba que me moriría de la vergüenza bailando totalmente sobria y que no había perreo sin alcohol, pero la verdad es que ahora me gozo las fiestas sin un sólo trago.


También me gusta hacer yoga, meditar y empecé a dedicarle mucho tiempo a las plantas. Para mí lo de las plantas ha sido una forma de expresar mi capacidad de cuidar a otros seres de manera saludable. Antes mi idea de cuidado era muy tóxica y co-dependiente, me fijaba en hombres que tenían sus propios problemas con sustancias, y yo pensaba que cuidarlos era “regenerarlos” o “salvarlos”.


Ahora también cuido mucho mis amistades. En estos dos años para mí ha sido muy importante reforzar los vínculos con las personas que quiero, sacarles tiempo, escucharles. Siento que mi propio proceso me volvió una persona más empática; ahora logro entender mucho mejor a mis amigos cuando me cuentan que están pasando por momentos difíciles, no desde la condescendencia, sino desde la comprensión genuina de esos infiernos mentales en los que caemos todos.


En una cultura en la que el alcohol ocupa un lugar tan preponderante en la vida de las personas, cuestionar nuestra forma de beber puede sentirse como un camino desafiante y solitario. ¿Qué le dirías a alguien que está empezando el proceso de replantear su relación con el alcohol?


Les diría que las cosas no son blanco o negro. No eres simplemente alcohólico o no alcohólico. Por eso no creo que, por ejemplo, Alcohólicos Anónimos sea la única opción para todo el mundo; creo que hay muchos caminos. Hay una escala de grises a la que hay que prestarle atención y lo importante es escucharse: escuchar lo que te están intentando decir tu cuerpo y tu mente.


En el momento en que sientas que algo te hace daño, es importante que prestes atención y empieces a hacerte preguntas.


Tengo que ser sincera: este no es un camino fácil. No es como que pares de tomar y al otro día te sientas de maravilla. El consumo de alcohol es un hábito muy enquistado y por lo mismo no es tan fácil de cortar. Tienes que estar dispuesto a hacer un trabajo de autoconocimiento para darte cuenta de que el tema no es sólo el trago sino la relación que tienes contigo mismo. Este es un proceso de paciencia, de rodearse de la gente correcta, de mucha auto-compasión y perseverancia.


También diría que es importante no obsesionarse con tener que hacer esto “bien” porque no hay forma de hacerlo bien; cada quien vive su proceso, a su manera, a su ritmo, entendiendo que este es un camino lleno de altibajos y recaídas. En mi caso, aunque yo no fui a un centro de rehabilitación para manejar el tema, sí conté con el apoyo de procesos terapéuticos, espirituales, conté con amistades y amores profundos y con mi familia, de manera incondicional. Está bien pedir ayuda, no debe haber vergüenza en ello.


Creo que también es clave informarse. A mí me sirvió mucho investigar sobre la industria del alcohol para poder plantearme el consumo de otra manera. Así mi sobriedad se convirtió no sólo en una decisión que tomé en nombre de mi propia salud mental, sino también en una posición ética y hasta política, frente a una industria y unas prácticas que han causado daños a nivel individual y social, de los que no somos plenamente conscientes, simplemente porque beber es la norma.

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© 2020 Catalina Zuleta