¿Qué es el área gris del consumo de alcohol?




Hace unos años, cuando empecé a cuestionar mi relación con el alcohol, me encontré muchas veces torturándome en silencio ante la disyuntiva de si lo mío clasificaba o no como un problema. En mi mente existía sólo una dicotomía posible: o era alcohólica y tenía que correr de inmediato a una reunión de Alcohólicos Anónimos, o estaba sobredimensionando las cosas. A fin de cuentas, mis hábitos de consumo, por lo general, se fundían bastante bien con lo que se estima “normal”.


Pensar en términos de blanco o negro es una tendencia que tenemos todos los seres humanos. Desde el punto de vista evolutivo, nuestro cerebro lee la incertidumbre como una amenaza. Es por eso que nos jode tanto cuando algo se muestra impredecible.


Tiene entonces sentido que el pensamiento binario se convierta en el comodín que nos da una idea de linealidad, claridad y certeza que a la vez nos proporciona pautas muy precisas para distinguir lo bueno de lo malo, lo seguro de lo inseguro, lo normal de lo anormal, etc.


Sin embargo, tanto mi formación académica (estudié filosofía, estudios culturales y literatura) como mi propia experiencia de vida, me han mostrado que la rigidez de este tipo de clasificaciones es incongruente con la forma en que de verdad funciona el mundo. Intentar imponer un orden al caos desde categorizaciones tan tajantes es desconocer la pluralidad de las experiencias humanas; experiencias que la mayor parte del tiempo transcurren entre el desorden y las contradicciones.


A pesar de que en muchas áreas de mi vida había integrado formas más fluidas de pensamiento, lo cierto es que cuando se trataba del trago me mantenía en la rigidez de la distinción entre el alcohólico vs. “tomador normal”. Como el consumo de alcohol está tan naturalizado culturalmente y a la vez es tan grande el estigma que existe sobre las adicciones, el tema tiende a quedarse en discusiones hiperespecializadas de médicos y científicos que muy poco efecto tienen en la comprensión del común de la gente.


El resultado es que las narrativas públicas sobre lo que significa tener un problema con el alcohol se ven sobresimplificadas y reducidas a extremos que no reflejan para nada la realidad de la mayoría de los consumidores habituales.


Mi dilema sobre si tenía o no un problema con el trago empezó a resolverse hace un par de años cuando descubrí una charla de TED de Jolene Park, una nutricionista funcional que explora el área gris del consumo de alcohol. El concepto del área gris hizo mucho por mi salud mental porque me mostró que, como en todo lo demás, el tema del alcohol está lleno de matices. Por fin había algo que validaba, explicaba y me educaba sobre las particularidades de mi situación con el trago.


Es importante dejar en claro que la noción del área gris no fue un invento de Jolene Park. En realidad, el concepto apareció por primera vez en un estudio realizado por la NIH en los Estados Unidos. Fue esta organización la primera en aportar datos y fundamentos científicos sobre el área gris del consumo de alcohol.


En términos simples, el área gris es el espacio intermedio entre la persona que “toca fondo” y desarrolla una dependencia física y crónica al alcohol, y la persona que toma de vez en cuando y de manera muy moderada. En esta zona se encuentran el consumidor habitual. Por supuesto, esta definición del área gris no está exenta de problemas. Por un lado, podría reforzar aún más el estigma frente a los “alcohólicos que tocan fondo” y por otro lado, ¿quién y cómo carajos se define a un bebedor “normal y moderado”?


Una clave para responder a esto último se encuentra en los datos y reportes de la OMS que establecen que, contrario a lo que se creía hace unos años, no existe un nivel seguro o recomendado de consumo de alcohol. Desde el punto de vista médico, los datos de la OMS son contundentes: el consumo habitual de alcohol es un factor de riesgo evitable para enfermedades no transmisibles como la cirrosis hepática, algunos tipos de cáncer, enfermedades cardiovasculares y enfermedades infecciosas. El consumo riesgoso de alcohol también resulta en más de 3 millones de muertes al año asociadas no sólo a las enfermedades físicas que causa sino a accidentes de tránsito, autolesiones, violencia interpersonal y afectaciones a la salud mental.


El silencio casi generalizado de la sociedad, los gobiernos y la industria licorera frente a los datos anteriores podría llevarnos a interpretarlos como algo que sólo le sucede a otros, a los del extremo. Esos otros, que no somos nosotros, los tomadores “sociales” y “normales”, sino ellos, “los que se pasan”, los que beben solos, los que se levantan a tomar vodka en ayunas, los que beben todos los días y a toda hora y no pueden funcionar sin una botella en la mano.


Sin embargo, la verdad es que no se necesita mucho para ser un bebedor de alto riesgo. Según el CDC (Centro para el Control y Prevención de Enfermedades), un consumo moderado y “normal” de alcohol se refiere a un sólo trago de cinco onzas al día para mujeres y dos para hombres. Si nos ponemos a pensar, la mayoría de nosotros termina por beber mucho más que eso semanalmente. De nuevo: es importante no perder de vista que no hay tal cosa como un nivel de consumo que sea recomendable; los datos arrojados por numerosos estudios en los últimos años han desbancado la idea de que cualquier dosis de alcohol pueda aportar algún tipo de beneficio para la salud mental o física de las personas.


Pero hasta aquí llego con los números y los datos. En mi experiencia, la motivación para replantearnos nuestra relación con cualquier cosa no viene ni del miedo ni del sentido de coerción que puedan suscitar los estudios científicos.


Sí, es relevante y absolutamente necesario que conozcamos estos datos y que una organización como la OMS los comparta. A diferencia del cigarrillo, cuando se trata del alcohol no se nos advierte con tanta claridad sobre los riesgos de esta sustancia. En las botellas sólo encontramos un sticker con el aviso de que “el exceso de alcohol es perjudicial para la salud”. No se nos aclara qué constituye exactamente un “exceso” y así se deja demasiado espacio para las interpretaciones arbitrarias. La falta de claridad respecto a esto no sólo representa un riesgo para la salud mental y física de las personas, sino un ataque a nuestra soberanía personal. Muchos terminamos por involucrar el alcohol en casi todas las áreas y actividades de nuestras vidas porque no contamos con la información necesaria para cuestionar y tomar decisiones más informadas sobre nuestro consumo.


Por eso creo que es necesario romper el estigma, el silencio y el pensamiento binario respecto al alcohol. Es importante entonces que accedemos a datos más precisos y claros y que al mismo tiempo empecemos a reflexionar críticamente sobre la normalización del trago en nuestras sociedades.


Para mí, reconocer los matices en el tema del alcohol es reconocer que, de alguna manera y pese a las particularidades de cada caso, muchos estamos más conectados y más en las mismas de lo que a veces pensamos. Este estar en las mismas es precisamente el área gris.


Todos cargamos con nuestra propia dosis de miseria pero mientras operemos desde la diferenciación tan tajante entre el yo y los otros, seguiremos recurriendo al viejo truco de señalar primero la ruidosa mierda del otro para eximirnos de mirar la nuestra.


No soy quién para juzgar o dar un diagnóstico sobre los hábitos de consumo de las otras personas. Si algo defiendo en mi vida y en este proyecto es que cada cual es experto en su propia historia. Por lo tanto, creo en el poder que tiene cada persona y en la autonomía que puede llegar a desarrollar para definir qué tan perjudicial le resulta su consumo de alcohol y qué medidas debe (o no) tomar al respecto. Mi gran propósito no es otro que hablar desde mi experiencia y conocimiento para que cada quien halle su propio camino hacia una vida más despierta, autónoma y expansiva.



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© 2020 Catalina Zuleta