Ana Trujillo

"Cuando uno reconoce que vino a sanar y que tiene el poder de hacerlo desde la sinceridad y la conciencia, es posible empezar a mirarse sin tantas distorsiones y filtros"




¿Quién es Ana María Trujillo?


Soy un ser humano con una curiosidad infinita por conocerse y conocer el mundo. He cultivado habilidades para leer y escribir y siento una enorme fascinación por todo el universo creativo y cultural. Estudié sociología que, más que una carrera u oficio, me da un marco de interpretación. Trabajo con diferentes proyectos culturales desde las herramientas de la comunicación. Aunque nací en la ciudad siempre me he sentido profundamente atraída por lo no-urbano, los demás animales, los ecosistemas, el cosmos. En los últimos años empecé a practicar Kundalini yoga y me formé como profesora, entonces también doy clases. Ese es otro camino de exploración que está muy activo en este momento de mi vida.


Cuéntame un poco sobre tu relación con el alcohol.


El alcohol siempre estuvo presente en mi vida, nunca fue un elemento prohibido. Las primeras veces que tomé no fue a escondidas, de adolescente rebelde, sino en reuniones familiares. En mi familia todos toman. De hecho, me parecía muy extraño encontrar casas en las que no se tomaba porque en mi paisaje familiar era un elemento más: en almuerzos, celebraciones, cumpleaños, siempre había alcohol.


Yo era más bien nerda. En el colegio fui la ñoña-deportista, era del equipo de basket y fútbol y le rompía los cigarrillos a mi hermana. Cuando entré a la universidad, el consumo se volvió casi obligatorio, todos los espacios de socialización eran un pretexto para ir a tomar. En esa simultaneidad –la presencia del trago en mi casa y en los círculos universitarios– empecé a fumar cigarrillo y a tomar mucho. Gradualmente desarrollé un gran aguante para el alcohol y empecé a sentir eso como una cualidad: podía tomar de todo y combinar tragos, luego dormir media hora, levantarme al otro día a seguir bebiendo, y mantener una vida funcional.


Cuando me fui a vivir a Francia a mis veintipico compartía apartamento con una amiga rusa y ella no tomaba. Salíamos de fiesta y ella podía durar 8 horas con una sola copa de vino mientras yo me había tomado 16 cervezas. Me irritaba que ella no fuera mi compañera de tragos. Luego conocí a unos mexicanos muy borrachos con quienes retomé el plan al que yo estaba acostumbrada: sentarnos a beber cerveza hasta las 5-7 de la mañana. A ellos les parecía lo máximo que una mujer bebiera en esa cantidad porque era el plan de hombres y entonces eso a mí también me daba orgullo. Siento que hay algo ahí: con toda la represión que hubo durante tanto tiempo para las mujeres, beber se convirtió en una especie de rebeldía.


Cuando regresé a vivir a Bogotá fuera de la casa de mis papás, todo momento podía convertirse en una fiesta. Llegué a ese punto en el que me jactaba de mi consumo. Recuerdo que yo decía que era una “alcohofílica”, porque me encantaba tomar pero nunca me consideré alcohólica. Ahora veo que en ese camino de defender el alcohol empecé a volverme muy cínica. Me volví muy crítica de todo, muy “todo está mal, el mundo apesta”. Incluso recuerdo que un día mientras estaba bebiendo empecé a escribir una especie de manifiesto personal en el que defendía los vicios. Defendía el poder de alterar la realidad, de ampliar los límites; el éxtasis de la embriaguez.


Ahora que lo veo en retrospectiva, el alcohol me ayudó a construir un personaje que me liberaba de las cosas que me limitaban cuando era adolescente y tímida. Beber me deshinibía, me daba protagonismo en un grupo, me daba voz.


Empecé a notar que a veces me levantaba en las mañanas después de haber bebido mucho la noche anterior y decía “hoy no voy a tomar”, pero ante el primer ofrecimiento de trago, accedía. Yo misma me sorprendía de haberme dado la instrucción de no tomar y terminar haciéndolo. Pero aún no lo problematizaba porque uno siempre puede hacerse algún pajazo mental, y porque no había consecuencias desastrosas.


También notaba que podía llegar a mi casa cualquier día de la semana y, en automático, parar en la tienda a comprar una cerveza, que luego podían convertirse en mil si me reunía con amigos. Es tremendo cuando tomarte una te desata la ansiedad de tomar más. En los últimos meses que viví en Bogotá, ese consumo se volvió casi diario. Tomar cerveza era como tomar agua: llegué a ese nivel.


¿Qué te llevó a pensar distinto sobre el trago?


No fue puntualmente sobre el alcohol sino sobre mi vida. En algún momento me dí cuenta de que todo me fastidiaba, no creía en nada, no conectaba con nadie. Tenía un trabajo rutinario en una universidad, mi creatividad estaba totalmente apagada y llenaba los tiempos muertos bebiendo.


Un día iba en bicicleta hacia el trabajo, iba distraída y un bus me pasó tan cerca que fue como un latigazo de conciencia. En ese momento me horrorizó pensar que podía haberme muerto y que mi vida hubiera sido lo que estaba viviendo. Este episodio desató una pregunta sobre mi vida, no focalizada hacia el alcohol pero sí hacia la incoherencia. Yo siempre he estado rodeada de gente muy brillante y además soy curiosa. Me gusta leer, conocer cosas. No era un ser sin referencias, todo lo contrario, siempre tenía ideas, proyectos, un anhelo de vivir de otra manera. Empecé a pensar en las conversaciones que tenía con mis amigos, en mi fantasía de vivir en la montaña, de apostarle a maneras y valores alternativos, pero todo se quedaba en conversaciones de mesa con alcohol y la vida era otra cosa. Fue ahí cuando empecé a cuestionar todo.


Entre muchas cosas que fueron pasando decidí irme de Bogotá. Llegué a Piedecuesta (Santander) y al alejarme de la ciudad la estructura de mi vida cambió. Al vivir en la montaña no tenía un acceso tan directo al alcohol, además adopté a un perro entonces no podía quedarme afuera hasta tarde. Así fui disminuyendo mi consumo.

Hubo dos cosas que comenzaron a abrirle el camino a esa ruptura con el trago: 1. Viví una crisis de una tía que tuvo una fuerte adicción a los opiáceos. Eso me llevó a tomar un curso sobre las adicciones y con eso empecé a entender cómo cualquier cosa que uno consume tiene un efecto en las neuronas y el funcionamiento del cerebro. 2. Terminé una relación. Ahí empecé a ir a clases de yoga Kundalini y me empecé a enganchar con la práctica.


Sin proponérmelo, pasé un tiempo sin tomar. Un día me tomé un vino e inmediatamente sentí que mi cuerpo lo rechazó. Resulta que lo que hace el Kundalini es equilibrar, sobre todo el sistema endocrino. El alcohol no es compatible con la práctica porque rompe el equilibrio que se alcanza. Pero con todo y eso la idea de no tomar me producía terror. A pesar de todo, yo no veía el trago como un problema, pero lo cierto era que cada vez que tomaba mi cuerpo no respondía bien.


La formación de Kundalini me ayudó a entender todo lo que hay detrás del consumo y eso me llevó a explorar cosas de las que no era consciente porque las había enmascarado con el alcohol.


Cuando hablo de lo que el alcohol enmascara no me refiero sólo a dolores tan literales como la muerte de alguien o una tusa, sino de dolores profundos y ansiedades menos concretas o fáciles de rastrear. Mi proceso fue muy de adentro hacia afuera.


Tampoco fue que yo dijera: “TENGO que parar de tomar”. Fue algo que sucedió orgánicamente. Yo estaba buscando un cambio y se dieron las condiciones para que notara que el trago era un factor en esas cosas que no me gustaban. Era necesario pensarme ese consumo, problematizarlo, porque ahí iba a estar la clave para vivir de otra manera.


¿Qué relación tienes con el trago en este momento?


No me prohíbo beber pero no lo deseo. Y tampoco lo predico... aunque sí un poco, sí me gusta hablarle a la gente de eso. Pero ya me quité la necesidad de convencer a los demás o de molestarme si alguien toma. Para mí el tema con el alcohol no es no tomar, ponerse en plan de evitar la sustancia o la situación porque eso genera ansiedad y frustración. Lo que realmente hay que trabajar es el deseo de tomar.


¿Qué fue lo más difícil de replantear tu relación con el trago?


Como en mi caso esto vino de un cambio estructural en mi vida, siento que no fue tan difícil. Vivía lejos y sola en una montaña, sin escenarios de consumo cercanos. Tenía nuevos amigos y actividades. Siento que en estos casos lo más difícil es cuando uno sigue en contextos donde hay presión o cuestionamiento sobre lo que uno está haciendo como “ufff, qué aburrida eres por no tomar”. Al principio me pasaba que iba a fiestas y terminaba tomándome una cerveza aunque en realidad no quería.


La alta exposición del trago hace todo más difícil. ¡Está en todas partes! Es tan habitual que todo se soluciona con trago. Creo que eso es lo más difícil, sobre todo si uno no tiene una convicción real de querer dejarlo. Incluso teniéndola es jodido porque ahí está la presión. Para mí fue crucial conocer a nuevas personas, tener nuevas relaciones donde el alcohol no fuera un factor. Aún recuerdo mucho la sensación tan linda de las primeras veces que empecé a irme temprano de las fiestas; llegar a mi casa, salir con mis perros y mi bicicleta, sentirme feliz de estar haciendo otra cosa, de no estar sentada todavía en el bar bebiendo y hablando mierda.


¿Qué beneficios has experimentado al cambiar tu relación con el alcohol?


La claridad. Yo estoy sorprendida de mi cerebro. Puedo ver las cosas con más perspectiva, incluso mis propios mecanismos internos. Otra ganancia ha sido el tiempo. Uno pierde demasiado tiempo tomando y pasando el guayabo. Ha sido bello reconquistar las mañanas.


Para mí, es un tema de empoderamiento: creer que uno tiene un poder tremendo sobre su vida, sobre qué es, qué no es, qué puede y qué no puede hacer.

También he aprendido a materializar mis ideas. Parte de mi frustración antes era que hablaba mucho y no hacía nada, como los borrachos de tienda que se sientan a “arreglar el país”. Entonces ha sido eso: una reconquista del tiempo, de la claridad mental, la capacidad de proyectar cosas y disfrutar cada momento de la vida. He aprendido a ser más sensata a la hora de tomar decisiones sobre mí misma, sobre qué como, con quién comparto, etc.


Es una cuestión de soberanía: es darse cuenta de que cuando uno está tomando muchas veces se cree muy rebelde. Uno cree estar luchando contra el capitalismo o expresando su autonomía cuando realmente el hábito de tomar no hace sino alimentar ese sistema y esa subyugación: tomar nos mantiene abstraídos.


¿Qué es lo más importante que has aprendido sobre la vida (y sobre ti misma) desde que cambiaste tu relación con el trago?


Que uno tiene un poder tremendo. Una cosa que me pareció muy iluminadora en la formación de Kundalini es que uno tiende a pensar en las narrativas de su mente como si fueran verdades del CEO de una empresa, la persona que toma las decisiones. En realidad la mente es más parecida a un jefe de prensa, define qué versión vamos a contarnos a nosotros mismos. Cuando uno consume alcohol o cualquier sustancia está alterando en un nivel bioquímico su propia capacidad de funcionar.


Para mí todo esto ha sido aprender que no soy las cosas que pienso, que me he contado muchas mentiras toda la vida sobre quién soy, qué me gusta y qué no me gusta. He creado personajes. El trago es eso: un catalizador de performatividad. Cuando quitas el trago empiezas a ver la otra parte de la película.

También he aprendido que todos estamos aquí para sanar algo, no desde la victimización sino desde la humildad. Se trata entonces de empezar a sincerarse con uno mismo, dejar de esconderse. El trago es un escape y estoy convencida de que detrás de cualquier consumo hay algo de dolor que, como decía antes, puede no ser tan evidente. Yo nunca he sido una persona depresiva, pero ahora puedo ver que mi consumo de alcohol escondía ansiedad, ganas de ser aceptada, celebrada, reconocida. Cuando uno reconoce que vino a sanar y que tiene el poder de hacerlo desde la sinceridad y la conciencia, es posible empezar a mirarse sin tantas distorsiones y filtros.


Uno bebe desde la ansiedad, el miedo, la rabia, la tristeza. Empezar a enfrentar estas emociones de otra manera es duro pero es bello, es salir de un papel tan pasivo (porque emborracharse es muy tonto y muy pasivo). En resumen: todos tenemos heridas muy profundas y el trago no ayuda a sanarlas. Al contrario, es un obstáculo porque nos mantiene en ese sistema de atolondramiento del que tanto nos quejamos pero al que igual nos tiramos de cabeza todos los fines de semana, o a la primera ocasión.


¿Hay algún ritual de autocuidado al que sí o sí le saques tiempo?


Mi práctica de kundalini ha sido el detonante más contundente de toda mi transformación, pero además me reconectó con mi cuerpo y me abrió a otras ramas del yoga y de la actividad física. En otros rituales cotidianos, salgo mucho con mis perros a caminar. También hay días en los que deliberadamente dejo el celular en modo avión para desconectarme. Escribo. Otra práctica de autocuidado tremenda ha sido alimentar mis vínculos con otras personas, sacar tiempo para verme con la gente que quiero. En general salir del afán, darme treguas y darme espacios de no pensar en la productividad, metas y resultados, sino simplemente estar ahí con la gente o conmigo misma. Me gusta entregarme a esas actividades que no tienen absolutamente ningún fin productivo, como consentir a mi gato.


Replantear nuestra relación con el trago muchas veces se siente como un proceso solitario y desafiante. ¿Qué le dirías a alguien que hasta ahora está empezando?


Diría que lo más fundamental es poner en duda lo que uno cree de sí mismo. También pienso que hay que confiar en que hay cosas del otro lado, cosas muy posibles. Pienso que es importante buscar personas que puedan apoyar ese proceso porque es muy difícil si uno está rodeado de gente que lo va a presionar a tomar. Hay que perderle el miedo a dejar el trago; el miedo a perder algo que a fin de cuentas sólo alimenta lo que uno ya no quiere en su vida. El trago, en últimas, no es más que un velo y cortar con eso significa empezar a ser más introspectivo, a preguntarse qué es lo que desata esa necesidad de beber tanto. Mi consejo es, sobre todo, aprender a mirarse como un testigo, ser sincero, dejarse de tantas mentiras. Solo hay que experimentarlo: no hace falta creerle a nadie, pero ayuda apoyarse o inspirarse en gente que ya haya pasado por esto. Si queremos un cambio de conciencia, hay que empezar por conectar con nuestra propia conciencia primero.


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