Amalia Andrade

Actualizado: may 8

"Esta sociedad está tan enamorada del alcohol que es impensable que a alguien no le guste beber"




En los últimos años, Amalia Andrade se ha destacado como una de las voces más prominentes de la escritura en Latinoamérica. Una parte significativa de su trabajo se centra en explorar desde la creatividad y el humor su trastorno de ansiedad generalizada y la manera en que abordamos nuestras emociones.


Tan pronto me enteré por una amiga en común que Amalia no bebe porque nunca le ha gustado el alcohol supe que su voz tenía un lugar en este proyecto.


A simple vista, mencionar que a alguien no le gusta el trago puede parecer un dato insignificante. Sin embargo, en un mundo en el que el alcohol permea casi todas las esferas de nuestras vidas ser una persona que no bebe implica una suerte de exilio social.


En esta conversación, Amalia nos cuenta cómo es una vida sin alcohol y qué significa para ella su elección de no beber.


Catalina Zuleta: En este punto tus libros e ilustraciones ya son conocidos en casi todo el mundo. Podría parecer redundante pedirte que te presentes, pero me gustaría saber cómo te defines tú, en tus propios términos, más allá de la información externa que podamos encontrar sobre ti y tu trabajo.


Amalia Andrade: Soy caleña, soy escritora e ilustradora. Me dedico a explorar las formas en que como sociedad nos relacionamos con los sentimientos. Me parece que vivimos en una sociedad que nos oprime mucho a nivel emocional.


C.Z: ¿Qué significa para ti tu elección de no tomar alcohol?


A.A: Yo nunca he tomado porque no me gusta. Tampoco he consumido drogas, no me interesa. Para mí, no beber alcohol ha sido quizá la decisión más sabia que he tomado. Desde siempre he elegido activamente estar presente en todos los momentos de mi vida. Me gusta sentir que vivo por mí y para mí.


C.Z: En una sociedad en la que el consumo de alcohol es tan universal y normalizado, ¿ser una persona a la que no le gusta beber ha tenido algún impacto en tu vida social, en tus relaciones o en tu vida como figura pública?


A.A: Sí. Sin duda, en mi vida social ha sido difícil. Aunque más que difícil es retador. Me parece que vivimos en un régimen muy violento con respecto al alcohol: el alcohol es omnipresente, se ha instaurado como algo indispensable. Entonces ser alguien que no bebe implica habitar una otredad que resulta muy amenazante para las personas.


Primero, el señalamiento de esa otredad es muy cansón. Segundo, hay demasiada presión social para beber. Eso ha sido extenuante. Para sobrevivir a esos escenarios sociales he tenido que hacer de todo, incluso hasta dar razones falsas para justificar mi no consumo. Hay gente que simplemente no entiende. La omnipresencia del trago es tan tremenda que a la gente le resulta inconcebible que alguien decida no consumir alcohol, no porque le haya pasado algo malo, sino porque es una elección de vida. He tenido que lidiar con gente muy pesada e insistente. Me ha tocado decir las mentiras más absurdas para que dejen de intentar darme alcohol. Ahora que lo pienso, creo que es posible que hasta me hayan dejado de invitar a muchas cosas simplemente porque no bebo.


En mis relaciones esto ha sido bien importante. Creo que mi no consumo ha sido un factor determinante para iniciar o no una relación. Esto va de parte y parte: del otro lado hay siempre desconfianza hacia las personas abstemias. Por mi parte, aunque no juzgo a quienes beben, sí acepto que me costaría involucrarme con alguien que beba mucho.


Siento que lo más difícil de ser abstemia por elección es que esto genera una visión muy confusa de lo que soy. Como para la mayoría de personas es tan incomprensible que alguien decida no beber, lo más fácil es asumir cosas sobre mí que no son ciertas, como que fui alcohólica o que tengo problemas de algún tipo. A veces siento que algunas personas no me ven por lo que soy y ponen sobre mí todos sus prejuicios.


Hay una cosa que es muy triste. Aunque nunca cedí a la presión de beber, sí fui una persona muy fiestera, en mis 20 salía todos los fines de semana. Hoy en día cuando me encuentro a las personas con las que salía en esa época creen que yo tomaba y consumía drogas a la par que ellos porque en su mente no hay otra explicación para que yo fuera capaz de rumbear hasta la madrugada todos los fines de semana. Pero eso no es verdad. En realidad, antes de salir lo que hacía era tomarme un capuccino y eso me daba la energía suficiente para estar feliz y bailar toda la noche. Me parece muy loco que cada vez que me reencuentro con esas personas que ya no son de mi círculo cercano tengan una visión tan distorsionada de mí.


C.Z: Mencionas lo incomprensible que es para algunxs que alguien no beba porque genuinamente no le gusta el alcohol. Pienso en mi pasado y en todas las veces en que con tanto orgullo sentenciaba “no confío en la gente que no bebe”. En tu experiencia, ¿cuáles son los mitos y los estereotipos sociales más comunes que tenemos sobre la gente que no toma trago?


A.A: El más difícil es el de la desconfianza. Me lo dicen mucho: “yo no confío en una persona que no toma”. A pesar de que lo dicen como si fuera un chiste, en realidad entraña mucha violencia e implica un juicio negativo sobre la persona que soy. Ese es el que más me duele. Pero los mitos son miles: que fui alcohólica, que tengo problemas de salud, trastornos de personalidad, etc.


Otro mito gigante es que las personas que no bebemos estamos escondiendo algo, que hay un secreto que no les estamos revelando a los otros. Esto se presta para dos cosas: 1. Que la gente desconfíe de mí y 2. Me pone en una posición en la que los otros pueden proyectar sobre mí todos sus prejuicios y justificarlos. Es muy absurdo que sólo porque alguien elija no beber despierte tanta sospecha en los otros. Les resulta tan difícil entender que alguien no tome porque no le gusta que terminan por pensar que es porque esa persona está ocultando algo.


Esta sociedad está tan enamorada del alcohol que es impensable que a alguien no le guste beber. Es tremendo porque eso da lugar a que los otros inserten sobre personas como yo cualquier otra verdad que a ellos les cuadre. Y esa “verdad” casi siempre está llena de prejuicios negativos.


C.Z: Una parte importante de tu trabajo como escritora se centra en la exploración de la ansiedad. En mi vida, la ansiedad y la depresión han sido un tema y, sin duda, el trago era una manera muy inefectiva de lidiar con ello. No pretendo vender la idea de que la sobriedad es la solución a todos los problemas. Me interesa que esto sea realista, entonces tampoco voy a sugerir que está mal querer escapar de vez en cuando. Me parece que hacerlo es normal, necesario e incluso saludable. Sólo pienso que podríamos replantearnos los mecanismos que usamos para desconectarnos. Por eso quisiera saber, si no te gusta el alcohol, ¿cuáles son tus formas de escape?


A.A: Sí, que yo no beba no significa que no recurra a veces a otros mecanismos de escape. Creo que es normal. En mi caso, cuando estoy pasando por una crisis de ansiedad tiendo a aislarme mucho, de maneras muy feas: paro de contestar mensajes, me sustraigo de la vida de mis amigos, no levanto el teléfono cuando me llaman. Sé que eso no está bien. También duermo mucho en esos momentos. Si en algo me excedo es en dormir.


C.Z: Como explicas en tus libros e ilustraciones, la ansiedad por difícil que pueda llegar a ser, también es muy bondadosa. Si le prestamos atención, la ansiedad puede mostrarnos lo que necesitamos para sanar y cuidarnos. Desde lo que tú has vivido, ¿qué herramientas te han servido para estar mejor? ¿Tienes algún ritual de autocuidado que para ti sea no negociable?


A.A: La meditación es un hábito no negociable para mí. Caminar. Caminar me aterriza, me hace sentir conectada, me ayuda a bajar los síntomas de la ansiedad. También escribo y leo, pero no con fines profesionales sino por mí y para mí. Es un una especie de ritual personal, un diálogo interno, como un diario. También me hace bien sentarme a leer en un café, trato de hacerlo al menos una vez a la semana. Y bailar. Bailar me ayuda a volver a mí.


C.Z: Al principio de la entrevista decías que esta sociedad nos reprime emocionalmente. En mi proceso con el alcohol he pensado mucho en eso de la “niña interior”; en esa instancia psíquica con la que siempre he estado conectada sin importar la edad que tenga. Recuerdo que en mi adolescencia, cuando la gente empezó a beber y yo aún no lo hacía, algunxs compañerxs del colegio me tildaban de “infantil” porque yo era desparpajada, no tenía filtro para decir las cosas y me reía de bobadas. A veces creo que nuestras ideas de la “adultez” y la “madurez” están un poco trastocadas. Parece que después de cierta edad, el alcohol (u otras sustancias) se convierten en la única manera socialmente aceptable de soltarnos, de ser extrovertidos y aliviar la rigidez impuesta por nuestras construcciones de la “madurez”. ¿Qué relación tienes tú con tu niña interior?


A.A: Resueno con lo que dices de la niña interior. Yo también tengo mi niña interior súper exteriorizada. Esto podría sonar estúpido pero cuando tengo un pico ansioso me sirve mucho el “fidgeting” que es hacer cosas con las manos, mover las manos, jugar con algo. Lo que sea que me permita poner la ansiedad sobre un objeto. Hay aparaticos con botones que venden específicamente para eso. Como no pude conseguirlos en Colombia, un día recordé que cuando era niña a mí me calmaba mucho jugar con carritos, ponerlos a rodar. Un día decidí atender la voz de mi niña interior y fui y me compré un carrito de juguete.


C.Z: Cuando empecé a cuestionar mi relación con el alcohol me aterraba la idea de una vida sobria. Pensaba que sin beber todo se iba a volver aburrido y cuadriculado. Éste es un miedo compartido por muchas personas que empiezan a preguntarse por su consumo. Cuéntanos entonces cómo es una vida sobria por elección ¿Es posible pasarla realmente bien sin beber? ¿Cómo es ir a una fiesta cuando todos toman menos tú? ¿Qué haces para divertirte?


A.A: Yo me divierto mucho y lo digo de verdad. Hago lo mismo que hace todo el mundo para divertirse sólo que sin trago de por medio: salgo a discotecas (aunque ya no tanto como antes porque soy una señora), voy a comidas, armo rumbas en mi casa con pocos amigos y nos ponemos a bailar.


He sido muy afortunada porque mis amigos gozan mucho con el baile. Mira, la única cosa que cambia para mí una fiesta es la música. No tolero un lugar con mala música porque como estoy sobria a mí lo que me mueve es la música. Si la música es mala y no me dan ganas de bailar, me aburro. Normal: causa-consecuencia. Aunque a veces aún si la música está mala la paso muy bien si estoy en buena compañía.


No quiero decir que el mundo sea color de rosa sólo porque uno no bebe, pero en mi opinión estar sobrio es más chévere; uno está bien, está gozando de verdad. Desde mi experiencia puedo decir con toda certeza que no hace falta trago para pasarla increíble en fiestas. No sé cuál sea la ciencia detrás de eso pero yo siento que mi cuerpo genera endorfinas y reacciones químicas sólo con la música y eso me permite gozar de verdad, bailar toda la noche hasta que me duelan los pies.


Yo me enrumbo mucho, la música por si sola me pone eufórica. Logro conectar con otras partes de mi personalidad. Cuando salgo a rumbear evidentemente no soy la misma que cuando me siento a leer en un café. La música me produce cosas.


Los únicos escenarios en los que no conecto es cuando la gente a mi alrededor está ya demasiado borracha porque estamos en frecuencias distintas. Pero yo la paso de maravilla y no necesito más que una botella de agua con gas o un café antes de salir para pasarla increíble.


C.Z: Para muchas personas empezar a cuestionar su relación con el trago puede sentirse como un camino solitario y desafiante. Al menos yo tenía muchos temores; no podía imaginarme cómo sería una vida sin tomar. ¿Tú qué le dirías a alguien que esté empezando a hacerse preguntas sobre su consumo o esté considerando eliminar el alcohol por completo?


Primero, me parece muy grande el hecho mismo de que se hagan la pregunta sobre su relación con el alcohol. Esa nunca es una pregunta ligera o fácil. Preguntarse por eso puede arrojar respuestas muy profundas sobre uno mismo, sobre el entorno y sobre la sociedad en general. Yo puedo dar fe absoluta de que se puede ser feliz sin beber. (Otro punto a favor es que si no bebes, el guayabo no existe).


Vivimos en una sociedad que nos bombardea de opciones para adormecernos. No necesitas una cosa más que te aleje de ti mismo. Es lo máximo poder estar presentes. Creo que ese es nuestro súper poder más grande: la capacidad de ser conscientes de las decisiones que tomamos.

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