Consumo de alcohol en tiempos de cuarentena

Actualizado: may 2


Nota preliminar: Soy consciente de que con este artículo empiezo a abrir varios temas que requieren ser tratados de manera individual y en más profundidad de la que ofreceré a continuación. Tenía previsto hacer público este proyecto más o menos a mitad de año. Me había casado con la idea de que esto debía tener una línea argumentativa específica y progresiva que me permitiera exponer poco a poco y en detalle las múltiples capas del tema de la adicción al alcohol. Sin embargo, decidí empezar a hablar de esto ahora, y sin tanta estrategia de por medio, porque no me cabe duda de que el confinamiento magnifica y pone en evidencia muchos de nuestros desafíos personales. Por eso creo que lo que tengo por compartir puede ser de ayuda ahora mismo, no sólo para quienes estén lidiando con adicciones en estos momentos, sino, y sobre todo, para quienes asumen con tanto desparpajo las posibilidades ilimitadas de consumo de trago que abrió el #quedateencasa. Desde luego, en mis próximas publicaciones abordaré lo que aquí expongo de una manera más minuciosa. Por el momento, ofrezco estas breves consideraciones sobre las intenciones de mi proyecto y el consumo de alcohol en tiempos de cuarentena. Espero que en lo que sigue encuentren algo que les resuene.


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Hace unos días compartí en mis historias de Instagram el meme que encabeza este artículo. Por esos días había estado muerta de la risa cantando esta maravillosa canción de Jimmy Gutiérrez que durante tanto tiempo hizo parte de mi banda sonora personal de mujer borracha. Esas épocas en las que me llenaba de orgullo al proclamar “¡que me falte comida en la nevera pero jamás cerveza!”. El meme fue producto de la auto-burla más genuina. La verdad es que sin humor me habría quedado muy difícil hacerle frente no sólo a mi rollo con el alcohol, sino a muchas otras cosas en la vida. La risa y poder reírme de mí misma son, sin duda, mi lugar sagrado.


Mientras hacía el meme con la canción a todo volumen, le decía a mi esposo que “mi diosito sabe cómo hace sus cosas” porque de no ser porque la cuarentena me agarró con más de seis meses de sobriedad total encima, seguramente no dudaría en escatimar en mercado con tal de asegurarme mis petacos. Una vez más, el humor me sirvió para decirme amorosamente a la cara lo que quizá de otra forma hubiera evadido: si aún fuera bebedora, mi consumo se habría disparado con la cuarentena.


El asunto es que cuando publiqué el meme recibí varias respuestas, entre esas la de una persona cercana a la que quiero mucho. No hay punto en replicar aquí su respuesta exacta porque palabras más, palabras menos, es lo mismo que he visto sistemáticamente en memes, tweets y demás publicaciones en redes por parte de muchas otras personas desde que se declaró la pandemia: ¡La bebedera irrestricta es lo mejor de la cuarentena!


En lo que va de mi proyecto he sido quizá demasiado cautelosa en mis planteamientos sobre el alcohol y los temas que me gustaría abrir con Ni Tan Anónima. Hasta ahora, y muy deliberadamente, había guardado silencio sobre el consumo de trago en tiempos de cuarentena porque sé que lo último que necesitamos en este momento es que otra persona más nos lance prescripciones sobre el “deber ser” de nuestra conducta durante el confinamiento.


Además, soy consciente de que las circunstancias actuales exacerban el sobreflujo de información a la que estamos expuestos. En estos momentos, por donde uno mire, hay un consejo, un tip de productividad, una nueva técnica de autocuidado, una mejor forma de armarse rutinas. No dudo que ese tipo de contenidos venga de las mejores intenciones. Pero cansa. Yo estoy cansada.


Por eso he tenido cuidado con lo que publico y la frecuencia con la que lo hago, porque no me interesa sumarme al ruido y, sobre todo, porque me aterraría que mis planteamientos se confundan con lo que parece ser el nuevo slogan (¿o mandato?) de la cuarentena: “¡Aprovecha el tiempo y reinvéntate!”


Desde que empecé con mis publicaciones he dicho incesantemente que mi intención es compartir información para que cada cual llegue a sus propias conclusiones sobre su relación con el alcohol. En esto me mantengo. El respeto por la autonomía y la capacidad de decisión de los otros es un valor innegociable de mi proyecto. Sin embargo, entre tanta cautela, entre tantos cálculos sobre lo que digo y cómo lo digo, me parece que he terminado por perder de vista mi propósito fundamental.


Creo que es el momento de aclarar una cosa: aunque defiendo la libertad de cada persona de elegir lo que considera mejor para su vida, eso no implica que mi postura frente al alcohol sea relativista o neutra. Hoy, sabiendo lo que sé, estoy absolutamente convencida de que el alcohol no le hace favores a nadie, tenga o no un “problema”. Quizá no había expresado esto con más contundencia antes porque, por desgracia (y seguro también por mi ascendente Libra), el delirio de monedita de oro hace parte de mi personalidad. Me da miedo caer mal, esa es la verdad. Me da miedo ser malinterpretada, tergiversada. Es más, este proyecto casi no ve la luz, en gran medida, porque le temo a los despiadados haters de internet.


A esto se suma que, el año pasado, cuando le conté a un amigo que el objetivo de mi proyecto, además de ayudar a quienes tengan problemas con el alcohol, es abrir una perspectiva crítica sobre su omnipresencia en nuestras vidas su respuesta fue “ten cuidado porque podrías sonar como una de esas sobrias extremistas y bravas”. Entiendo el comentario y en su momento tuvo tanto sentido que quizá eso también explique por qué he sido tan cuidadosa en mis planteamientos hasta ahora.


Pero a raíz del meme y a la respuesta a la que me referí antes, me puse a pensar que tanta cautela va en contravía de lo que quiero para mi proyecto. Elegí Ni Tan Anónima como nombre por una razón: porque tanto anonimato sólo perpetúa la idea de que la adicción es vergonzosa, porque hay que empezar a desmontar el estigma frente al tema. También porque muchos hemos sufrido en silencio y porque otros ni siquiera se dan cuenta de que están sufriendo. Es tanta la desinformación sobre el alcohol y es tan pobre nuestro entendimiento sobre la adicción que muchos terminamos bebiendo de manera incauta, sin percatarnos de los efectos sutiles y menos sutiles que tiene el alcohol sobre nosotros . En ese sentido, creo que mi apuesta por interrogar nuestra obsesión cultural con el trago, más que un ejercicio discursivo o intelectual podría convertirse en una especie de estrategia preventiva para que quienes beben habitualmente y no lo consideren problemático alcancen a hacerse preguntas antes de caer en el hueco.


Es por esto que mi proyecto dista mucho de otras iniciativas de wellness y tampoco acoge la retórica de la nueva ola de influencers sobrios que proclaman el “sober is the new black” porque, a mi juicio, esas sentencias caen en la trampa de la que esas mismas personas han intentado escapar. Por supuesto que sí me interesa que redefinamos lo que entendemos por cool. Me encantaría que los que no tomamos alcohol dejemos de ser tildados de aguafiestas y aburridos. Sobre todo, me interesa que quienes no toman porque nunca les ha gustado o los que antes tomábamos y ahora no dejemos de ser objeto de las sospechas de otros: “¡Ay, si no toma seguro es porque quién sabe qué problemas tendrá!”.


Mi intención no es proclamar el bienestar por el bienestar. Tampoco intento poner la sobriedad de moda para hacer sentir mal a quienes todavía beben por no acoger lo que algunos círculos empiezan a presentar como la nueva forma de ser cool. De hecho, y a riesgo de sonar prejuiciosa, veo con cierto escepticismo el boom de influencers de la sobriedad porque, aunque me consta de primera mano la seriedad de algunos, hay otros que empiezan a dejarme con la sensación de que con la sobriedad podría empezar a pasar lo mismo que ha pasado con otros temas importantes: banalización, oportunismo, falta de rigor e incluso testimonios falsos con tal de generar más visibilidad.


Y aquí otra claridad: que yo piense que el alcohol no es bueno para nadie no me convierte en una “extremista”, ni tampoco implica que el objeto de mi proyecto sea emprender una cruzada anti-trago. No creo en el prohibicionismo, pero sí defiendo el consentimiento informado. En mi opinión, la más alta expresión de nuestra libertad personal reside en que tomemos decisiones bien informadas y a conciencia. Justo ahí hay un vacío. Los discursos tradicionales y los modelos de tratamiento para la dependencia al alcohol por lo general se centran en el sujeto y dejan de lado la pregunta por la sustancia misma. Evidentemente es necesario que reflexionemos sobre las razones particulares que subyacen a nuestro consumo (traumas, salud mental, etc). Pero si no empezamos a hablar del alcohol en sí mismo va a ser muy difícil hacerle frente al hecho de que es un tema de salud pública; el trago mata a más de 3 millones de personas al año en todo el mundo.


Las implicaciones del silencio y la falta de información sobre el alcohol son múltiples y las exploraré en detalle en mis próximos textos. Por ahora sólo quiero señalar que es necesario que hablemos más de esto porque no puede ser posible que a estas alturas el alcohol preserve su estatus intocable, que siga siendo la única droga cuyo no consumo tenga que ser justificado.

Para ser una sociedad tan obsesionada con el fitness, el bienestar y la autoayuda, me parece una locura que el trago siga pasando en limpio, sin que se cuestione. Cada vez que entro a la red social que sea me encuentro con miles de publicaciones de personas que hablan sobre salud mental, nutrición consciente y desarrollo personal, mientras que simultáneamente glorifican el trago.


Por supuesto, éste no es un juicio hacia esas personas en particular. Ni ahora ni nunca lo que proponga desde esta plataforma constituye un ataque personal hacia alguien. A fin de cuentas, todo lo que hacemos, lo hacemos según el nivel de conciencia que tenemos. Y es justamente conciencia lo que hace falta con el trago. Si señalo estas cosas, es más porque me parece que son un resultado apenas lógico de una sociedad que, por falta de información sigue romantizando y glamourizando el alcohol tal y como ocurría hace décadas con el cigarrillo.


Con esto pretendo señalar que para la gran mayoría de personas beber no es un acto tan autónomo porque no siempre nace de una elección consciente y sopesada. Bebemos porque somos el resultado de un conjunto de factores genéticos, biológicos, históricos, culturales e incluso políticos que, por supuesto, abordaré con más profundidad en el futuro. Por eso insisto en que quebremos el binario entre el “alcohólico” y el “tomador normal” porque no podemos seguir pensando que la adicción al alcohol es una cosa que le pasa a otros y no a nosotros, a personas con quién sabe qué predisposiciones genéticas.


En los últimos años, la epigenética se ha encargado de reafirmar que cuando se trata de la vida humana, los límites entre lo biológico y lo cultural son borrosos. Los genes no son un destino como se pensaba hace un tiempo. Nuestra expresión genética literalmente cambia de acuerdo a los ambientes a los que estemos expuestos. Por eso, cualquier tipo de condición o enfermedad que desarrollemos responde más a nuestros hábitos, estilos de vida, círculos sociales y familiares, etc. que a algún tipo de destino genético.


Así que observo con preocupación el desparpajo (e incluso el orgullo) con el que muchos alardean sobre el incremento de su consumo de alcohol durante la cuarentena. Porque una adicción al trago la desarrolla cualquiera y además, es estúpida y sorprendentemente fácil entrar en el espectro del consumo problemático. Muchos bebemos y creemos que todo está bien, que sólo estamos haciendo lo que todo el mundo hace, que el trago podemos tomarlo o dejarlo cuando queramos... hasta que intentamos dejarlo. Ahí es cuando nos damos cuenta del problema.


Nuestro cerebro aprende lo que sea que le enseñemos. Si le enseñamos que el trago es un mecanismo de gestión emocional, el proceso de desaprenderlo puede ser largo, difícil y doloroso. Esto lo digo con conocimiento de causa. Hasta los 21 años fui una persona que bebía muy poco, incluso me molestaba que todos los planes incluyeran alcohol. Eso fue hasta que terminé una relación amorosa. En medio de mi duelo, empecé a tomar con frecuencia, casi todos los días. A veces sólo un par de cervezas, a veces mucho más. En ese momento no problematizaba mi consumo porque lo veía como algo pasajero, pensaba que era lo normal, lo que todos hacen cuando tienen el corazón roto. Evidentemente, cuando mi duelo pasó, mis patrones de consumo perdieron su intensidad pero el problema ya estaba; fue ahí cuando crucé el umbral. De ahí en adelante, y hasta mis 33 años, mi forma de beber fue más por necesidad emocional que por simple gusto.


Cuando atravesamos situaciones estresantes, dolorosas o confusas nuestra relación con el alcohol puede cambiar rápidamente y es difícil revertirla. Con la pandemia estamos viviendo una especie de duelo colectivo porque la vida se volvió otra cosa en muy poco tiempo. No es de extrañar que muchos estén apoyándose en el alcohol por estos días. Porque nuestra cabeza necesita parar, porque son demasiadas preocupaciones al tiempo, porque necesitamos un alivio así sea pasajero para tanta pesadez. El tema es que cualquier cosa que le enseñemos a nuestro cerebro en este momento va a sobrevivir a la cuarentena, sobre todo si eso involucra sustancias tóxicas como el trago.




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