El alcohol en tiempos de cuarentena 

Por: Catalina Zuleta 
Abril 30, 2020 

Hace unos días compartí en mis historias de Instagram el meme que encabeza este artículo. Por esos días había estado muerta de la risa cantando esta canción de Jimmy Gutiérrez que durante mucho tiempo hizo parte de mi banda sonora personal de mujer borracha. Esas épocas en las que me llenaba de orgullo al proclamar “¡que me falte arroz pero jamás cerveza!”.

 

El meme fue producto de la auto-burla más genuina. La verdad es que sin humor me habría quedado muy difícil hacerle frente no sólo a mi problema con el alcohol, sino a muchas otras cosas en la vida. La risa y, sobre todo, poder reírme de mí misma es, sin duda, mi lugar sagrado. 

 

Mientras hacía el meme con la canción a todo volumen, le decía a mi esposo que “mi diosito sabe cómo hace sus cosas” ya que, de no ser porque la cuarentena me agarró con más de seis meses de sobriedad total encima, seguramente en este momento no dudaría en escatimar en mercado con tal de asegurar reservas industriales de cerveza en mi nevera para pasar este mal rato. Una vez más, el humor me sirvió para decirme amorosamente a la cara lo que quizá de otra forma hubiera evadido: si aún fuera bebedora, mi consumo de alcohol se habría disparado en la cuarentena. 

 

El asunto es que cuando publiqué el meme recibí varias respuestas, entre esas la de una persona cercana a la que quiero mucho. No hay punto en replicar aquí su respuesta exacta porque palabras más, palabras menos, es lo mismo que he visto sistemáticamente en memes, tweets y demás publicaciones en redes sociales por parte de muchas otras personas desde que se declaró la pandemia: “¡La bebedera irrestricta es lo mejor de la cuarentena!”

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En lo que va de mi proyecto he sido quizá demasiado cautelosa en mis planteamientos sobre el alcohol y los temas que me gustaría abrir con Ni Tan Anónima. Hasta ahora, y muy deliberadamente, había guardado silencio sobre el consumo de trago en tiempos de cuarentena porque sé que lo último que necesitamos en este momento es que otra persona más nos lance prescripciones sobre el “deber ser” de nuestra conducta durante el confinamiento. 

 

Además, soy consciente de que las circunstancias actuales exacerban el sobreflujo de información a la que estamos expuestos. En estos momentos, por donde uno mire, hay un consejo, un tip de productividad, una nueva técnica de autocuidado, una mejor forma de armarse rutinas. No dudo que ese tipo de contenidos venga de las mejores intenciones. Pero cansa. Yo estoy cansada. 

 

Por eso he tenido cuidado con lo que publico y la frecuencia con la que lo hago, porque no me interesa sumarme al ruido y, sobre todo, porque me aterraría que mis planteamientos se confundan con lo que parece ser el nuevo slogan (¿o mandato?) de la cuarentena: “¡Aprovecha el tiempo y reinvéntate!”

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Desde que empecé con mis publicaciones he dicho incesantemente que mi intención es compartir información para que cada cual llegue a sus propias conclusiones sobre su relación con el alcohol. En esto me mantengo. El respeto por la autonomía y la capacidad de decisión de los otros es un valor innegociable de mi proyecto. Sin embargo, entre tanta cautela, entre tantos cálculos sobre lo que digo y cómo lo digo, me parece que he terminado por perder de vista el propósito fundamental de mi proyecto. 

 

Creo que es el momento de aclarar una cosa: aunque defiendo la libertad de cada persona para elegir lo que considera mejor para su vida, eso no implica que mi postura frente al alcohol sea relativista o neutra. Hoy, sabiendo lo que sé, estoy absolutamente convencida de que el alcohol no le hace favores a nadie, tenga o no un “problema”. Quizá no había expresado esto con más contundencia antes por temor a ser malinterpretada, tergiversada.

 

A esto se suma que, el año pasado, cuando le conté a un amigo que el objetivo de mi proyecto, además de ayudar a quienes tengan problemas con el alcohol, es aportar una mirada crítica sobre la omnipresencia de esta sustancia en nuestras vidas, su respuesta fue “ten cuidado porque podrías sonar como una de esas sobrias extremistas y bravas”. Entiendo de dónde venía el comentario y en su momento tuvo tanto sentido que quizá eso también explique por qué he sido tan cuidadosa en mis planteamientos hasta ahora. 

 

Pero a raíz del meme que publiqué y a la respuesta a la que me referí antes, me puse a pensar que tanta cautela va en contravía de lo que quiero para mi proyecto. Elegí Ni Tan Anónima como nombre por una razón: porque tanto anonimato sólo perpetúa la idea de que la adicción es vergonzosa, porque hay que empezar a desmontar el estigma frente al tema. También porque muchos hemos sufrido en silencio y porque otros ni siquiera se dan cuenta de que están sufriendo.

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Es tanta la desinformación sobre el alcohol y es tan pobre nuestro entendimiento sobre su potencial adictivo que muchos terminamos bebiendo de manera incauta, sin percatarnos de los efectos sutiles y menos sutiles que tiene el alcohol sobre nosotros .

 

En ese sentido, creo que mi apuesta por interrogar nuestra obsesión cultural con el trago, más que un ejercicio discursivo o intelectual podría convertirse en una especie de estrategia preventiva para que quienes beben habitualmente y no lo consideren problemático alcancen a hacerse preguntas antes de caer en el hueco. 

 

Es por esto que mi proyecto dista mucho de otras iniciativas de wellness y tampoco acoge la retórica de la nueva ola de influencers sobrios que proclaman el “sober is the new black” porque, a mi juicio, esas sentencias caen en la trampa de la que esas mismas personas han intentado escapar.

 

Por supuesto que sí me interesa que redefinamos lo que entendemos por cool. Me encantaría que los que no tomamos alcohol dejemos de ser tildados de aguafiestas y aburridos. Sobre todo, me interesa que quienes no toman porque nunca les ha gustado o los que antes tomábamos y ahora no, dejemos de ser objeto de las sospechas de otros: “¡Ay, si no toma seguro es porque quién sabe qué problemas tendrá!”. 

 

Pero mi intención con este proyecto no es proclamar el bienestar por el bienestar. Tampoco intento poner la sobriedad de moda para hacer sentir mal a quienes todavía beben por no acoger lo que algunos círculos empiezan a presentar como la nueva forma de ser cool.

 

De hecho, y a riesgo de sonar prejuiciosa, veo con cierto escepticismo el boom de influencers de la sobriedad porque, aunque me consta de primera mano la seriedad de algunos, hay otros que empiezan a dejarme con la sensación de que con la sobriedad podría empezar a pasar lo mismo que ha pasado con otros temas importantes: banalización, oportunismo, falta de rigor e incluso testimonios falsos con tal de generar más visibilidad.

 

Y aquí otra claridad: que yo piense que el alcohol no es bueno para nadie no me convierte en una “extremista”, ni tampoco implica que el objeto de mi proyecto sea emprender una cruzada anti-trago. No creo en el prohibicionismo, pero sí defiendo el consentimiento informado. En mi opinión, la más alta expresión de nuestra libertad personal reside en que tomemos decisiones bien informadas y a conciencia.

 

Justo ahí hay un vacío. Los discursos y los modelos de tratamiento tradicionales para temas de alcohol por lo general se centran en el sujeto y dejan de lado la pregunta por la sustancia misma. Evidentemente es necesario que reflexionemos sobre las razones particulares que subyacen a nuestro consumo (traumas, salud mental, etc). Pero, si no empezamos a hablar del alcohol en sí mismo va a ser muy difícil hacerle frente al hecho de que éste es un tema de salud pública: el trago mata a más de 3 millones de personas al año en todo el mundo. 

 

Las implicaciones del silencio y la falta de información sobre el alcohol son múltiples y las exploraré en detalle en el futuro. Por ahora sólo quiero señalar que es necesario que hablemos más de esto porque no puede ser posible que a estas alturas el alcohol preserve su estatus intocable, que siga siendo la única droga cuyo no consumo deba ser justificado. 

 

Para ser una sociedad tan obsesionada con el fitness, el bienestar y la autoayuda, es extraño que el trago siga pasando en limpio, sin ser cuestionado. Cada vez que entro a cualquier red social me encuentro con miles de publicaciones de personas que hablan sobre salud mental, nutrición consciente y desarrollo personal, mientras que, simultáneamente, glorifican el alcohol como algo “sano” si se bebe con “moderación”, aún cuando desde la medicina y la ciencia hoy se sabe que no existe tal cosa como una dosis saludable o segura de esta sustancia. 

 

Por supuesto, éste no es un juicio hacia esas personas en particular. Ni ahora ni nunca lo que proponga desde esta plataforma constituye un ataque personal hacia alguien en específico. A fin de cuentas, todo lo que hacemos, lo hacemos según el nivel de conciencia que tenemos. Y es justamente conciencia lo que hace falta con el trago. Si señalo estas cosas, es más porque me parece que son un resultado apenas lógico de una sociedad que, por falta de información sigue romantizando y glamourizando el alcohol tal y como ocurría hace décadas con el cigarrillo. 

 

Con esto quiero señalar que, para la gran mayoría de personas, beber no es un acto tan autónomo porque no siempre nace de una elección consciente y sopesada. Bebemos porque somos el resultado de un conjunto de factores genéticos, biológicos, históricos, culturales e incluso políticos que hacen de nuestras relaciones con el alcohol una ecuación tan compleja que es absurdo someterla, como hemos hecho hasta ahora, a sobresimplificaciones y divisiones arbitrarias entre quién “puede” beber y quién no. 

 

Por eso insisto en que quebremos el binario entre el “alcohólico” y el “tomador normal”, porque no podemos seguir pensando que los problemas con el alcohol son algo que le pasa a otros y no a nosotros, a personas que tienen el “gen del alcoholismo”. 

 

En los últimos años, la epigenética se ha encargado de reafirmar que cuando se trata de la vida humana, los límites entre lo biológico y lo cultural son borrosos. Los genes no son un destino como se pensaba hace un tiempo. Nuestra expresión genética literalmente puede cambiar de acuerdo a los ambientes a los que estemos expuestos. Por eso, cualquier tipo de condición que desarrollemos responde más de lo que creeríamos a nuestros hábitos, estilos de vida, círculos sociales y familiares, etc. que a algún tipo de destino genético. 

 

Así que observo con preocupación el desparpajo (e incluso el orgullo) con el que muchos alardean sobre el incremento de su consumo de alcohol durante la cuarentena. Porque una  relación problemática con el trago puede desarrollarla cualquiera y además es estúpida y sorprendentemente fácil caer ahí.

 

Muchos bebemos y creemos que todo está bien, que sólo estamos haciendo lo que todo el mundo hace, que el trago podemos tomarlo o dejarlo cuando queramos, hasta que intentamos dejarlo. Ahí es cuando nos damos cuenta del grado de apego que tenemos hacia esta sustancia aún cuando nuestra manera de beber pueda no parecer particularmente problemática en culturas que exaltan el consumo excesivo como una especie de virtud moral. 

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Nuestro cerebro aprende lo que sea que le enseñemos. Si le enseñamos que el trago es un mecanismo de gestión emocional, el proceso de desaprenderlo puede ser largo, difícil y doloroso. Esto lo digo con conocimiento de causa. Hasta los 21 años fui una persona que bebía muy poco, incluso me molestaba que todos los planes incluyeran alcohol. Esto fue hasta que terminé una relación con un novio. En medio de mi duelo, empecé a tomar con frecuencia, casi todos los días. A veces sólo un par de cervezas, a veces mucho más. En ese momento no problematizaba mi consumo porque lo veía como algo pasajero, pensaba que era lo normal, lo que todos hacen cuando tienen el corazón roto. Evidentemente, cuando mi duelo pasó, mis patrones de consumo perdieron su intensidad pero el problema ya estaba; fue ahí cuando crucé el umbral. De ahí en adelante, y hasta mis 33 años, mi forma de beber siempre estuvo atravesada más por la necesidad emocional, por buscar un efecto concreto, que por simple gusto. 

 

Cuando pasamos por situaciones estresantes, dolorosas o confusas nuestra relación con el alcohol puede cambiar rápidamente y es difícil revertirla. Con la pandemia estamos viviendo una especie de duelo colectivo porque la vida se volvió otra cosa en muy poco tiempo.

 

No es de extrañar que muchos estén apoyándose en el alcohol por estos días. Porque nuestra cabeza necesita parar, porque son demasiadas preocupaciones al tiempo, porque necesitamos un alivio así sea pasajero para tanta pesadez.

 

El tema, es que cualquier cosa que le enseñemos a nuestro cerebro en este momento va a sobrevivir a la cuarentena, sobre todo si eso involucra sustancias tóxicas como el alcohol.